Balansiya

Conducía por el Camino Hondo que lleva desde Alboraya hasta la playa de la Patacona, cruzando la huerta, con sus campos de chufas delineados por las veredas que los rodean y que se ven salpicadas de palmeras, dejando atrás a ambos lados de la carretera las alquerías, cuando pensé en algo que había leído no hacía mucho. Balansiya, que era como se llamaba Valencia en la época musulmana, cinco siglos, ni más ni menos, era considerada el jardín de Al-Andalus ya en la época del califato de Córdoba y, como taifa, fue una región imponente. A ella dedicó Al-Russafi cantos de amor desde la lejana Granada:

Balansiya es esa esmeralda
por donde corre un río de perlas.
Es una novia cuya belleza
Dios ha creado para darle luego
la juventud eterna.
En Balansiya es constante el fulgor de la mañana
pues el sol juega con el mar y la Albufera…

De vuelta al siglo XXI no me resultaba exagerada esa descripción, pues, aun con la invasión del asfalto, la autopista, el urbanismo turístico y demás progreso fruto de la industrialización de la zona, pese a ser mayormente agrícola, los alrededores de la ciudad de Valencia son verdes y refulgen ante el baño de luz que el Mediterráneo refleja del sol, en invierno débil, en verano justiciero, pero siempre cálido y envolvente, como quien te quiere bien.

Parece fácil imaginarse aquella especie de paraíso, si tenemos en cuenta, además, una Albufera que entonces quintuplicaba la superficie actual, abarcando todo el territorio entre ríos, el Turia, que cruzaba la ciudad, y el Júcar, al sur de Cullera. Y podemos seguir añadiendo atrezzo: los palmerales, los juncos, las dunas de la Dehesa del Saler… y la serranía que rodea la comarca, con sus bosques mediterráneos, caóticos, poblados de pinos y zarzaparrilla.

Conducía por el Camino Hondo que lleva desde Alboraya hasta la playa de la Patacona, con el Lorenzo al frente, dejando entrar por la ventanilla del coche el perfume de la huerta, la brisa de Levante y el salitre del mar próximo, cuando pensé en algo que había leído no hacía mucho: «Tanta dulzura en mi boca al pronunciarte, hace que no pueda respirar», dijo el poeta ruzafeño. Hablaba de su Balansiya. Y lo comprendo. Hablaba de mi Valencia.

© Vicente Ruiz, 2019

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San Juan

Cuando hubo terminado de colocar la nevera y el bolso, Nicolás tendió su mano a Remedios.

—Con cuidado —le susurró cariñoso.

Remedios llevaba al brazo un rollizo retoño que ese mismo día había cumplido su primer año de vida. Juan, que así se llamaba el infante, sufría sobre la frente el peso de un mechón de pelo lacio y rubio, como su padre; y cuando estaba despierto, taladraban sus grandes ojos negros, que eran los mismos de su madre.

La barca bailó en el agua durante unos segundos, los que tardó en estabilizarse con los tres cuerpos a bordo ya acomodados. Eran cerca de las diez de la noche, al día siguiente todo el mundo madrugaría para ir a trabajar, así que no encontraron apenas a nadie, sólo a un par de pescadores apuntados en las rocas de la orilla, cuando se dirigieron a la pequeña rampa de entrada al mar.

Remó Nicolás a un tempo largo, porque no había prisa y la brisa era agradable, envuelto en la cálida melodía que entonaba la grave voz de Remedios, que no articulaba ningún texto, pero sí notas musicales unidas bajo un amplio arco de ligadura y prosodiadas a placer, según fuese dónde respirara y si le pillaba muy grave, o muy agudo.

—Los cantos de mi Remedios —susurró nuevamente Nicolás. —Los remedios de mi alma.

Ella le miró cómplice y dejó que le asomara la sonrisa a la tonadilla que se tornó un tarareo suave, siempre al ritmo del chapoteo calmo que provocaban los remos al entrar y salir del agua.

Bordeó la barca la costa, desdibujando el reflejo de la media luna, que le servía a Nicolás de candil para orientarse. A la vuelta del peñasco, en la primera cala, desembarcó con Remedios y Juan todavía a bordo.

—Ojo al pisar las rocas, mi vida —murmuró ella. Él le guiñó un ojo y tiró del cabo hasta arrastrar la barca sobre suelo firme.

Estiró la toalla donde tendieron a Juan, que continuaba durmiendo plácido, ajeno a todo, bien protegido de la arena y de la maresía. Junto a su pequeño cuerpo, Remedios y Nicolás sacaron del bolso los enseres para su cena y su cena de la nevera, pues se trataba de una ensalada ligera, un vino dulce y un poco de fruta. Había sido pensat i fet, dicho y hecho, hagamos esto hoy, ya que anoche tuvimos otra cosa que hacer.

Mientras el resto del mundo quemaba sus hogueras, Nicolás y Remedios, sacrificaban a Litha, la golden retriever que habían adoptado dos años atrás, en la víspera del solsticio, después de que alguien la abandonase atada a una verja, desnutrida y deshidratada. Enfermó de repente; en el veterinario no pudieron hacer más que eutanasiarla y, a la vuelta, la enterraron en el jardín tragándose las lágrimas entre palada y palada, de la pena tan grande que tenían. A la mañana siguiente, mientras Nicolás preparaba el desayuno y Remedios daba el pecho a Juan, se les ocurrió la idea de celebrar San Juan esa misma noche.

Y allí estaban, cenando; retirando Remedios a Nicolás el mechón lacio y rubio de la frente; mirándose Nicolás el reflejo en la inmensa oscuridad de los ojos de Remedios; pendientes ambos de los suspiritos de Juan, que soñaba con algo alegre, a juzgar por la comisura que se arrejuntaba con el moflete.

Cuando acabaron, Remedios recogió los platos y Nicolás preparó una pequeña hoguera. Tan sólo era un puñado de ramitas y hojas secas que prendieron enseguida.

—Ya sabes, lo malo del último año —murmuró él.

Ambos escribieron lo mismo. Hicieron sendas bolitas con los papeles y las lanzaron al fuego. Se miraron.

—Te quiero —dijo uno, no importa quién. El otro suspiró:

—Amor mío. —Juan se removió en su lecho arenoso. Se tumbaron junto a él y cerraron los ojos.

Cuando amaneció ya no era San Juan y el fuego se había extinguido. Nicolás recogió los bártulos y los puso en el interior de la barca. Remedios cogió a Juan que empezó a hacer pucheros de hambre. El balanceo del bote durante el camino de vuelta lo amansó, pero llegando a la rampa de la playa rompió en llanto. Después de que Nicolás la ayudase a salir de nuevo a tierra firme, Remedios comenzó a dar de mamar a su hijo. Así Juan se calló y entonces otro sollozo llegó por el aire. Ella lo escuchó primero. Hubo de esperar a dejar de trasegar con la barca y las cosas que había dentro hasta poder oírlo también Nicolás, que se acercó a la fuente del sonido. Y allí estaba, en una caja de cartón, junto al basurero.

—Pero, cariño, mira qué tenemos aquí —dijo sonriendo abiertamente.

—¿Qué es? Ahora no puedo —respondió ella.

Así que Nicolás se agachó en cuclillas, introdujo las manos en la caja y sacó de ella un cachorrillo de pastor. Remedios rio.

—No puede ser —dijo. Nicolás le guiñó un ojo:

—Es macho. ¿Cómo lo llamamos? ¿Ra? —le preguntó. Remedios volvió a reír:

—Demasiado corto —respondió.

Juan dejó de mamar y volvió a dormirse. «Qué bendito es este niño», pensaba su madre mientras se tapaba el pecho de nuevo. Nicolás se acercó con el cachorro.

—¿Qué tal Helios? —insistió.

—¿Todo ha de girar en torno al sol? —preguntó Remedios.

—¿Hay algo que no lo haga?

Nicolás vio a su mujer en el fondo de sus ojos, sonriéndole y respondiendo:

—Bienvenido a casa, Helios.

© Vicente Ruiz, 2019