Anexo Treviso

Como dije en Instagram hace unos días, publiqué allí las fotos en blanco y negro para dejar aquí, en color, aquellas en las que el agua estuviese presente, en consonancia con el título de la entrada dedicada a la pequeña ciudad del Véneto. Por cierto, «Eres agua» es una canción de Miss Caffeina que tiene, en parte, relación con esta crónica, por eso he usado también su título.

Todas las imágenes son mías y están realizadas con un iPhone 12 mini.

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Eres agua

Has crecido mucho menos y a la sombra de Venecia, que se lleva los focos y las cámaras de rodaje para sus películas de superhéroes o de terror. Pero tú estabas antes. No eres la protagonista (y sabes que jamás lo serás), pero, ah, querida, cuando te descubren, Venecia ya no es tan necesaria, con sus multitudes y los cientos de brazos alzados enfocando el selfie para la story de Instagram. Si acaso, es una curiosidad, pero ya. Así me pasó a mí ya cuando te recorrí con el Sile antes de cruzarlo y adentrarme en tus calles pedregosas, bajo el último sol de la primavera. Y así empezó mi descubrimiento de que más allá de tu río, sigues siendo agua.

Dejadas en el hotel mis pertenencias, emprendí el camino hacia una insalata caprese que me sirvió de alimento para el resto de la tarde. Subí hasta la Piazza del Duomo y giré por la Via Antonio Canova hasta llegar a otra piazza, la dei Signori, donde comí como una signora y descansé brevemente del viaje. A partir de ahí todo fue dejarme llevar por tus edificios palaciegos, tus iglesias de relojes grandes, tus ventanas geminadas románicas, u otras más modernas con contraventanas de madera a medio abrir, tus balcones esquineros o sin esquinar, el verdor deslumbrante de toda tu vegetación y el sonido borboteante del agua al caer de las palas imparables de los molinos de agua que una se va topando por tus canales; todo fue un dejarme llevar hasta dejarte entrar en mí, porque eres agua y es inútil huir de ti.

Paseé sola sin pensar en nada que no fuera lo que iba contemplando, o la caricia de la brisa cálida que anunciaba el verano ya tocando a la puerta, o el sabor dulce del helado de regaliz y crema florentina que compré en tarrina mediana, o las piedras bajo mis zapatillas, las sorpresas en algunas callejuelas, los rincones inesperados donde una pizzería me aguardaba para la cena, o la caída de la tarde reflejada en esa agua que tú eres.

De la Porta Santi Quaranta a la Porta San Tomaso, bordeé tus murallas, mientras veía caer las mías propias en los días donde, sin saberlo, se fraguaría el resto del verano y terminarían muchas cosas envueltas en llamas en la noche de San Juan. No han pasado ni dos meses y aún tengo las manos manchadas de cenizas. Y aunque aún queme la hoguera, si vuelvo a ti, no será por las mismas razones ni con las mismas emociones.

Tornerò perché sei bella e mi riempi l’ànima; perché, mentre il mio mondo crollava, tu mi hai protetto; perché tu sei acqua e estingue la mia sete. Tornerò perché provo gratitudine e ti devo fedeltà.

Ni Venecia, ni Florencia, ni la eterna Roma, tienen todos tus encantos. Tus encantos son tuyos, únicos, personales e intransferibles, y en ellos yo encontré paz. No sufras, que ninguna otra ciudad te hace sombra. Simplemente, aún no te han descubierto. Y si, habiéndote conocido, alguien te despreciara, es que no te merece. Que se vaya, que te deje, que a ti hay que quererte bien. Así, como yo te quiero, bella Treviso.

(Anexo Treviso, aquí).

© Vicente Ruiz, 2022