Oraciones nocturnas

Una mujer mucho más joven que yo murmuraba hace unos pocos días, en una conversación a media tarde, lo sobrevalorado que está el sexo. Me sorprendió. No suele ser algo que se diga en voz alta, mucho menos en boca de alguien de carácter en absoluto mojigato y lejos de tener una vida célibe. De hecho, me dio la impresión de que no se atrevía a soltarlo públicamente de manera muy asidua. Es un poco obvio: no deja de ser un pensamiento impopular sobre una cuestión muy popular.

El tema es que me recordó a una vez en que se me ocurrió publicar esas mismas palabras. Eran los albores de Twitter, que entonces asemejaba más un chat de buen rollo y alegría que lo que ha terminado siendo, y yo (como la mayoría de los que me leían) acababa de traspasar la treintena. Las respuestas, en esencia, oscilaban entre la incredulidad y la perplejidad. Me di cuenta entonces (una vez más) de que siempre sería una rara avis, con pocas oportunidades de sentir libremente, al margen de lo que la sociedad estipula, sin verme juzgada por ella, porque doy prioridad a cosas que, normalmente, pasan inadvertidas y relego a un segundo plano todo aquello que, en general, recibe el foco.

Meses atrás, me decía una amiga que, a veces, un simple mensaje de buenas noches es mucho más significativo entre dos, por la carga emocional que puede conllevar, que un polvo inesperado, improvisado e impulsado por una atracción tan frenética e imparable como efímera. Y tenía toda la razón. El sexo se sobreestima y, en cambio, la intimidad está infravalorada. Pero es que, claro, la intimidad no es fugaz, más bien, al contrario: es una semilla que primero arraiga, para luego salir a la superficie y crecer fuerte. No se puede arrancar la planta sin remover la tierra. Por eso, asusta.

La palabra «intimidad» es muy curiosa, porque está formada de un prefijo (in-), que indica la dirección (hacia dentro); un sufijo superlativo (-mus), que indica la relevancia del término; y un sufijo de cualidad (-dad), que da entidad a lo que es íntimo. No tiene lexema: no hay una raíz que lleve el peso del significado. Así que «intimidad» significa, literalmente, cualidad de aquello que está más dentro de ti. Cómo no va a asustar: lo más interno hay que protegerlo. El problema es que salvaguardar al alma de todos los peligros posibles es muy complicado. Así que, a la hora de relacionarnos, mejor dejar las cosas en algo superficial y fácil de borrar, que dejarse invadir más allá de la piel, donde las marcas son más profundas y, por tanto, duraderas.

Sin embargo, es lo único que para mí da sentido a las relaciones. Nunca me he visto en la necesidad de acumular amantes como quien colecciona llaveros o tazas para el desayuno, porque en la satisfacción del placer cada uno encuentra sus propias vías. Del mismo modo que un mensaje de buenas noches en ocasiones es suficiente (y en otras tantísimo), puede serlo también una sonrisa, dos cervezas sobre la mesa o siete horas de conversación hasta el amanecer, sin más contacto que el de las miradas y el de las voces susurradas.

El deleite de las pieles, per se, también puede bastar, claro que sí: resulta muy estimulante saciarse en un momento de hambre canina. El placer, cada uno lo entiende como lo entiende; y, si en la sincronía carnal de otro que vibra en la misma onda, hay bastante, que se celebre cuanto se quiera, faltaría más.

Pero, como cada uno reza a sus santos, frente a lo sublime de lo íntimo, lo puramente sexual para quien lo quiera. Hay quien, una vez se ha encontrado en la intimidad con otro ser, le importa poco cuán excitante pueda ser el latigazo del gozo. Y encuentra, tristemente, normal que nadie lo entienda, porque puede que sea una de esas cosas de procesamiento inaccesible, como lo que sucede a nivel subatómico. Lo íntimo ni es tangible, ni tiene unidad de medida universal, ni pertenece a nadie más que a una misma. Y tiene que ver, entre otras muchísimas cosas, con que te importe de verdad, con una relevancia suprema, cuán excitante sea el latigazo que goce la otra persona, que nunca será algo aislado, sino unido a esas otras muchísimas cosas que tienen que ver con la intimidad en común.

Qué poco folla ésta, pensará, maliciosamente, más de una mente, retorcida o prejuiciosa, al escuchar a la mujer joven que afirmaba que el sexo está sobrevalorado. O al leerme a mí. Como si follar mucho otorgara una superioridad, no se sabe muy bien en qué. Tampoco la otorga no follar. Pero no se trata de eso, sino de reconocer que, al sexo, por mucho que te guste, se le da una importancia exagerada, mientras todo lo demás queda oculto a la mirada ajena, no sea que se perturbe o se corrompa, o peor: que el otro nos haga añicos y ya no podamos reconocernos a nosotros mismos.

En las muchas carencias de que hablan nuestros procederes al respecto, yo creo que no es necesario que ni entre. Allá cada cual con su terapeuta. Yo conozco las mías y con eso me basta. Por eso sé qué es mejor y peor para mí antes que nadie. Y por eso me molesta bastante cuando tratan de imponer su ideal de vida en función de lo que consideran que merezco. ¿Quién dice que yo haya de tener otra cosa que la que yo he decidido? Y, además, ¿cuándo me he metido yo a considerar qué merecen los demás?

Aparte de esto, algo es, para mí, indiscutible: que extinguiéndose la intimidad como lo hace, la vida solitaria es el mejor estado; que, si sobre la intimidad conmigo, prima el compromiso con otra persona, la vida solitaria es el mejor estado; que, si ante el susto por la complejidad, prevalece el gusto por lo simple, la vida solitaria es el mejor estado; y que, si nada de lo que se me ofrece, al respecto de lo hablado, me convence, la vida solitaria es el mejor estado.

«Quien está solo, está bien acompañao», oí decir en mi bar de toda la vida. Tan infravalorada está la intimidad como el no saber estar solo, algo de lo que todo el mundo pareció darse cuenta con la llegada de la pandemia. Los solos no solitarios se dieron de bruces con la soledad; nosotros, los solitarios, con el aislamiento. En medio de la solitud, deseada por controlada, sobrevino el vacío, fuera de control, de quienes ni venían ni querían que fuéramos, por miedo al virus.

Con el fin de la pandemia está volviendo el sexo, pero la intimidad sigue perdiéndose y nadie parece echarla de menos. Hasta que se da el encuentro. De repente. Con quien menos se espera. Sin que signifique nada más (ni nada menos) que la unión de dos núcleos, de emociones e intelectos, que le llevan a una a crecer y a ser mejor. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española relaciona la intimidad con la amistad íntima y con la zona espiritual reservada de una persona, grupo o familia. Y se infravalora. Se infravalora porque se descuida. Como se descuidan tantas cosas frágiles, pero necesarias.

De todo lo que he aprendido yo sobre esto en dos años de solitud y aislamiento en soledad, aparte de lo que ya sabía (que el sexo está tan sobrevalorado como infravalorada la intimidad), sólo puedo decir una cosa: quien te hace sonreír por un mensaje de buenas noches, probablemente te arranque la misma sonrisa también en la cama; pero no viceversa. Como decía, cada uno reza a sus santos, normalmente, antes de acostarse.

(Buenas noches).

© Vicente Ruiz, 2022

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Sexual

Llamó a la puerta. Estaba entornada, y había confianza absoluta, pero prefería tener ese gesto de cortesía para con su hermano mayor. Arturo, ya treintañero, le sacaba algo más de una década. Leo, que estaba en la veintena, había sido el accidente inesperado. Pero siempre tuvieron un vínculo especial. Había ido a verlo a su estudio a la hora aproximada a la que sabía que Arturo solía tomarse un pequeño descanso. Saludó al entrar a la recepcionista, a quien ya conocía y que le permitió pasar sin problemas. Arturo estaba en su pequeño cuarto, rodeado de fotografías que había hecho él mismo, mirando al ordenador donde las editaba, con los auriculares puestos. Leo pudo percibir los acordes de una canción de U2. Le tocó en el hombro, provocando una pequeña reacción de sobresalto en su hermano.

—Eh, qué susto, colega —dijo riendo mientras le daba un sopapo en el brazo y se colocaba los auriculares alrededor del cuello.

—Estás empanao, joer —respondió el visitante.

—Qué pasa, Leo, cómo tú por aquí.

—Pues nada… Aquí —comentó como sin querer mientras subía los hombros y perdía la vista por las fotografías.

—No, si eso ya lo veo. Pero que si querías algo, que yo estaré empanao, pero tú estás lelo.

—Bueno…

—Y raro también estás, eh. —Sonriendo se giró hacia el ordenador para guardar los últimos cambios efectuados en la edición de imágenes y pausar la música.

—No sé, Turo, llevo días dándole vueltas a una cosa.

—A ver, dispara, calamar.

—Pues es que… —Leo seguía dudando.

—¡Leo! —Arturo se puso las manos en el pecho— ¡Que soy yo! Tu bro, tío, venga.

—Es que es un poco raro.

—¿Por qué? No puede haber nada raro entre tú y yo, colega, siempre hemos confiado el uno en el otro, ¿no? —Arturo levantó una ceja en plan inquisitivo.

Leo cerró la puerta, cogió una butaca que había justo al lado y la acercó adonde estaba su hermano. Luego se sentó y se detuvo a contemplarse las manos, entre sus rodillas. Arturo observó la jugada con interés, tratando de averiguar mentalmente qué le preocupaba a Leo.

—Venga, melón, cuéntamelo —le animó.

—Turo, ¿tú qué etiqueta sexual te pones?

Arturo dio un respingo, más por sorpresa que por otra cosa. Pero con ello asustó a Leo, así que sonrió para hacerle ver que todo estaba bien.

—Supongo que te refieres a mi orientación, ¿no?

—Sí.

—Pues a ver, Leo, a mí me molan las mujeres, así que eso me convierte en hetero.

—Ya —musitó pensativo. —Cero sorpresas hasta ahora.

Arturo soltó una carcajada. No entendía bien hacia dónde quería ir a parar su hermano, pero le resultaba divertida la situación, aunque no quería incomodarle.

—Y qué pasa, colega, que a ti te molan los hombres. Está guay, ¿no? Vamos, que yo lo que quiero es que tú seas libre y feliz y…

—No, no, Turo, no es eso —le interrumpió Leo. —Si sabes que estoy con Bego y todo genial con ella, pero…

—Que te molan los tíos y las tías. ¿Es eso?

—Pues es que no lo sé, Turo. Yo quería preguntarte si siempre has sabido con rotundidad que sólo te han molado las chicas, ¿sabes? Si nunca has estado confundido.

—Hostias… —respondió pensativo. —Pues mira, sí que lo estuve una vez, tío. Con un colega de la uni, hace mil años. Nos llevábamos de puta madre y nos divertíamos mucho juntos. Una noche, con el puto jueguecito ése de la botella, nos tocó morrearnos entre nosotros. Y a ver, no es que me pusiera cachondo, pero tampoco me resultó indiferente, ¿sabes?

—¿En serio?

—Pues sí, mira… Ni me acordaba ya. Raúl se llamaba el tipo. —Arturo estaba ahora en otra dimensión espaciotemporal lejana a donde se encontraba Leo. —Justo después de eso, el gilipollas empezó a poner tierra de por medio, hasta que dejamos de ir juntos a todas partes. Lo cual fue absurdo, porque yo entonces estaba medio liado con Claudia, ¿te acuerdas de ella? Y a él le molaba una tipa de otra facultad, una rubita, muy mona. Pero yo creo que se rayó con lo del morreo y no sé… Cosas de la peña.

—¿Y tú no te rayaste?

—Me rayé esa noche. Y al día siguiente, sobre todo porque él estaba rarísimo, ¿sabes? Ya empezó a distanciarse entonces. No sé, yo lo habría tratado todo con mucha más naturalidad, era un juego, un puto morreo, pues bueno, a ver, que no somos de piedra. Pero de ahí a plantearse algo más intenso, ya sea emocional o puramente físico, pues no sé yo. Ahí es cuando lo veo claro que, en ese sentido, sólo con tías.

—Ya…

—Y a ti qué te pasa con este tema, Leo, a ver, que no sueltas prenda.

—Pues es que a mí me mola Bego un montón. Y bueno, en la intimidad, pues también, me pone mucho, tío.

—Vale, tampoco hace falta entrar en detalles, bro.

—Bueno, ya.

—¿Pero?

—Pues que empezamos a ir a un sitio muy guapo los viernes por la tarde, a la salida de sus ensayos, donde curra uno que me pone nervioso.

—Pero ¿nervioso en plan mal o nervioso en plan guay?

—Pues es que no lo sé, Turo, es una movida, porque yo me imagino liándome con ese tío, y como que no. Comparando con Bego, vamos, ni de coña.

—Bueno, tío, pero es que Bego y tú sois casi matrimonio, colega, que es que tú tampoco es que hayas estado con más tías.

—Oye, que antes que con Bego, estuve con Lau.

—¿Pero con Lau hubo temita?

—Dos veces sólo.

—Madre mía, nene, tienes que salir más.

—Joer, macho, si lo sé no te cuento nada —renegó Leo haciendo el gesto de levantarse, pero Arturo lo paró.

—Que no te vayas, relaja, que estaba de guasa —dijo riendo. —Total, que te imaginas follando con el tío del bareto donde vais, pero dices que no, que te echa para atrás, ¿no? Entonces, ¿cuál es el problema?

—Turo, ¿por qué me pongo nervioso cada vez que se me acerca, o me mira, o me sonríe, o pasa por mi lado, si luego imagino cosas y es que no?

Arturo sonrió, cogió aire, se acercó a su hermano y le puso las manos en los hombros.

—Leo, yo creo que tienes un poco de bloqueo mental.

—Qué dices, que no, que me soy muy honesto yo.

—Pues reconócete como bisexual, porque lo que me acabas de describir es una atracción en toda regla. ¿Con Bego va todo bien?

—Sí, Turo, te lo juro. Si es que a mí me encanta estar con ella.

—¿Lo has hablado con ella?

—No, me da palo, tío. Yo qué sé. ¿Y si se lo toma mal?

—Bueno, pero es tu chica, tienes que confiar en ella, ¿no? Si se toma a mal que tú te abras y compartas con ella lo que te sucede, pues mucho no significarás para ella, ¿sabes? Si no le puedes decir a ella las cosas…

—Pero si no las tengo claras ni yo, ¿qué me va a poder decir ella?

—Mira, Leo. Yo he estado enamorado de una tía y me he sentido atraído por otra a la vez. Quiero decir, que eso es bastante normal. Es instintivo, algo primario, no sé cómo decirte. Que todos tenemos ojos y gusto. Y que me molara B no significa que no quisiera a A. Aquí ya cada uno decide qué hacer, si controlar eso o no. Yo lo controlé, por respeto a A. O tienes una relación abierta o no la tienes, pero eso lo has de dejar claro al principio, no cuando te interese a ti. Pero no es un crimen sentirse atraído por otra persona distinta a tu pareja, porque no lo puedes controlar, es como pretender evitar sentir frío si sales a la calle sin chaqueta, algo así. Mientras no te pongas otra chaqueta que no sea la tuya… No sé si me explico.

—Te explicas, pero no me estás resolviendo el problema, me lo estás liando aún más, mamón.

Arturo soltó otra carcajada. Adoraba a aquel chaval.

—Leo, si no es un bloqueo, es una rayada sin más importancia. Que le des tanta importancia es lo que me hace pensar que es un bloqueo. Igual, como no ha surgido la posibilidad de que te lo montes con un tío, pues estás ahí con un interrogante.

—Mira, al menos sé que homosexual no soy, porque me molan las tías. Bego especialmente.

—Me ha quedado cristalino eso.

—Lo que no sé es si soy hetero o bisexual, y tampoco sé cómo saber eso.

—Leo, ahora porque estás con Bego y sé que también le estás dando vueltas por ella, que yo creo que deberías comentárselo, pero bueno, tú sabrás. Pero si algún día Bego y tú decidís llevar derroteros distintos, chico, déjate llevar. Mientras no seas asexual…

—¿Qué es asexual?

—El que no siente atracción sexual hacia nadie.

—Qué dices, cómo va a ser eso.

—Pues es. Aunque oye, si eso te hace feliz, allá tú.

—No, yo sexual soy.

Arturo volvió a reír a carcajadas, llevándose a su hermano con él. Se echó hacia atrás en su silla y cruzó los dedos de las manos sobre su tripa.

—Leo, ¿para qué quieres definirte con una etiqueta? ¿Qué importancia tiene?

—Pues para saber quién soy, ¿no?

—Eres Leo, pedazo de membrillo. Leo, mi hermano. Buen hijo, buen estudiante de Derecho, buen colega para sus amigos, tío, tú eres tus actos, no tus etiquetas. ¿Que te molan los tíos y las tías? Pues mejor para ti. ¿Que aún no lo sabes seguro? Pues ya lo descubrirás. ¿Qué te inquieta tanto?

Leo miró a su hermano con una media sonrisa tímida. Tenía razón, por qué tanto runrún, qué podía temer. ¿Que lo juzgasen? Tenía suerte de haber nacido en una familia de mente abierta. ¿Que lo juzgase Bego? Arturo también había dado en el clavo con eso: si no podía compartir sus dudas con ella, ¿qué clase de relación tenían?

—Tal vez, mi propio juicio.

—Pues no has nacido en una generación que contemple lo no normativo como algo malo. Qué sé yo, eso sería menos raro en mí, por ejemplo.

—Ya, pero lo normativo sigue estando muy presente, Turo. Mucho.

—Sí, eso es verdad.

—Y sigue habiendo problemas de acoso, agresiones y cosas por el estilo.

—Sí, sí…

—Y no hay referentes en ámbitos clave, ¿sabes?

—Bueno, pero es que ¿tú sabes qué movida si un día sale del armario algún futbolista de primera división?

—Pues a eso voy, Turo. No sería tan raro que me juzgara a mí mismo, ¿no? De ahí el bloqueo ése que dices tú.

Arturo se quedó mirando un punto perdido en el espacio, pensando. Pero después de darle otra vuelta más a toda la conversación, se reiteró en su postura.

—Leo, sé libre, tío. Creo que tienes que hablar contigo mismo y decirte las cosas que tengas claras y dejar las preguntas sin respuesta ahí, a un ladito, para más adelante. No te presiones tampoco, ni te fuerces a resolver todas tus dudas ya, que la vida no funciona así. En general.

—Ya.

—Contigo no puedes llevar ninguna coraza. Quítatela. Y reconócete en el espejo. Y con lo que sepas, con toda esa honestidad que te define, sé consecuente. Tienes que ser y sentirte libre, contigo mismo, con Bego y con todos los que te queremos.

—Ya.

—Sé libre, tío, fluye y déjate llevar. Hetero, bisexual o como quieras, pero libre y feliz, hostias.

—Sexual, fijo.

—Fijosexual: sexual y punto —rio Arturo con su propia ocurrencia.

—Puntosexual: sexual a secas —siguió Leo uniéndose a las risas.

—Asecasexual —continuó Arturo.

—Me despollo contigo —dijo Leo sin parar de reír.

—¿Dejamos de decir memeces para que pueda seguir currando, melón?

—Sí, anda, que menudo hermano mayor me ha colocao la vida…

—Tendrás tú queja, eh.

Leo volvió a poner la butaca donde estaba y abrió la puerta.

—Turo.

—Dime, bro.

—Gracias, tío. Sí que me has ayudado.

—Me alegro, nene.

© Vicente Ruiz, 2020