Bolsillos llenos

Un mensaje repentino. Una llamada inesperada. Una sonrisa robada. A veces abro la última foto que me envió (quien sea, no importa, hay cosas que nunca cambian) y le paso la yema del dedo por encima, como si así pudiera acariciarle, confiando en que pudiera notarlo. No sé qué significa, aparte de cariño. Pero qué clase de cariño, no tengo ni idea. Hace tanto tiempo que a nadie le brillan los ojos al mirarme, que nunca tengo en cuenta que se pueda sentir nada especial. Ni yo misma. Porque casi nunca represento nada especial.

Ya no me reconozco en la sed de otro ser. Si me salta el corazón dentro del pecho, respiro hondo hasta que la ilusión se desvanezca, porque la ilusión es engaño que guarda truco. Me vienen a la cabeza las palabras de Jesse a Céline en «Antes del atardecer» y se me escapa la sonrisa cómplice de quien comprende porque se encuentra en el mismo punto (si es que alguna vez dejó de estar en él): «Si alguien llegara a tocarme ahora, creo que me descompondría en moléculas». Creo que las moléculas son demasiado grandes para representar una imagen lo suficientemente fiel a aquello en lo que yo me descompondría si alguien llegara a tocarme ahora.

Debe de ser bonito. Quiero decir, que el otro reconozca hogar en ti; que te tenga en mente sin ningún motivo en particular, simplemente porque estás en el mundo, o, por acotar más, porque estás en el suyo; que pase parte de su tiempo dedicado a ti aun cuando no está contigo, porque anda buscando ilusiones nuevas: restaurantes, viajes, el último libro de aquella autora que tanto mencionas; unos pendientes. Debe de ser bonito saberse alguien que no entra en una categoría colectiva como «amigos», «compañeros de trabajo» o «familia», sino que tu categoría es única, con una sola unidad: «tú». Y que el simple hecho de pronunciar tu nombre provoque una reacción distinta a la causada por cualquier otro.

Pero no ha sido mi suerte. A veces me sorprendo, cuando se me quedan las manos frías y las meto en los bolsillos, de la enorme cantidad de calor que hay ahí. Llevo los bolsillos llenos de calor. Pero luego vuelvo a sacar las manos vacías, más que nada porque soy torpe y se me iría escurriendo el calor entre los dedos, se me caería, dejaría un reguero de calor por el suelo sucio y empapado de humedad que hay en esta ciudad, y yo no quiero que el calor se me desperdigue. El calor, que me abrigue. Cuando sienta las manos frías de nuevo, volveré a meterlas en los bolsillos, donde nunca deja de haber calor. Nunca se sabe, ni cuándo, ni cómo, ni dónde, puedan aparecer de repente otras manos igual de frías.

Tiene guasa que mi primer post del año sea el de San Valentín… Pero ya sabéis: el amor empieza en uno mismo.

© Vicente Ruiz, 2022

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No, nada

«Hay muchas maneras de decir te quiero. Yo me las aprendí todas en el colegio, cuando me negaron el derecho a querer y a que me quisieran. Así, ponía una de mis pulseras trenzadas de colorines en el pupitre de la única niña que no me pegaba, ni se negaba a responderme si le hacía una pregunta. Dejaba un dibujo bonito dentro de la mochila del único niño que me decía que tenía las manos suaves y me sonreía al verme. Dejaba un caramelo en el bolsillo de la chaqueta a la profe que me limpiaba la cara, me peinaba las greñas o me sacudía el polvo de las rodillas.

De ahí, cuando el te quiero cobra otro significado, pasas a mirar a escondidas; a hacer como que no sabes que te está mirando, aunque te esté mirando o, peor, no te mire en realidad; a averiguar qué música escucha, qué películas ve, qué libros lee; a fijarte en qué ropa lleva puesta o cuáles son las últimas zapas que se ha comprado; si le gusta montar en bicicleta o es más de caminar; y, sobre todas las cosas, con qué se ríe, porque lo más bonito de este mundo es verle reír.

Lleva años adquirir maestría en el arte de decir te quiero de otras maneras que no sean diciendo te quiero. Tiempo de invisibilidad, de pasarte la vida mirando desde el otro lado del cristal, atrapado en un tren del que no puedes salir, aunque pare en múltiples estaciones, y al que no sube nunca la persona que tú quieres. Así que aprendes a dibujar mensajes en el aire, a que las sonrisas escondan el 98% de lo que las inspira y a que los silencios griten con desesperación cuánto te gustaría que las cosas fuesen distintas.

Envías mensajes a las 3 de la mañana preguntándole cómo está, porque no puedes dormir, y en la quietud de la noche el recuerdo de su rostro es la única luz que te alumbra; envías fotografías de atardeceres que te habría gustado presenciar a su lado; envías fragmentos de libros que hablan de cosas que habéis debatido; envías canciones o vídeos de YouTube sobre lugares que habéis visitado o películas que habéis visto, siempre por separado. Envías y envías…».

—¡Bicho!

Su irrupción en el despacho detuvo el tecleo en el portátil. Para cuando levantó la vista de la pantalla, ya había percibido el olor a naranja de su perfume; y al conectar con sus ojos, dejó de sentir el suelo bajo los pies, otra vez más.

—Tengo que bajar al súper un momento, enseguida vuelvo.

—Te quiero —murmuró al cuello de su camisa.

—¿Decías algo?

—No, nada.

«… toda tu colección de maneras de decir te quiero, porque decir te quiero resulta demasiado fácil para todo el mundo, y tú no quieres ser como los demás; así que tu tequiero más profundo es precisamente el que te callas, aunque lo sientas a punto de explotar en la garganta; de desbordarte la mirada; de partirte el pecho. Y no deja de ser curioso, que todas las maneras de decir te quiero cobren vida con un tequiero ahogado, abandonado en el silencio, nunca dicho para siempre».

© Vicente Ruiz, 2021

Valientín

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Llevaba su vida con tranquilidad, en paz, calmadamente, o como se dice ahora, con los chacras alineados y los biorritmos en su sitio, encaminando sus pasos por la rutina, como todo el mundo, pero sin alteraciones turbulentas, en ese bienestar insonoro, inoloro e insípido, donde no estalla el júbilo, pero tampoco hay lamento, donde descansa la sonrisa serena. Y entonces, hala, aparición estelar, destello cegador, no por la belleza, o al menos no por la exterior, lo que deslumbraba era lo de dentro, la inteligencia, el sentido del humor, el corazón, que es mucho peor, porque engancha mucho más y, si es auténtico, si no es fingido, tanto tendrían que cambiar las cosas para que no fuera perpetuo.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Se ponía de los nervios cada vez que le salía su nombre, como si le delatase eso, el simple hecho de nombrarle, como cada vez que se perdía en la sonrisa que le salía por los ojos, o como todas las ocasiones en que habría deseado parar el tiempo, cómo entendía ahora el dichoso bolerito, detener el reloj para retener ese momento, poder recortarlo, envolverlo en un pañuelo blanco de algodón, meterlo en un cofrecito de madera de nogal tallada con las dos iniciales, forrado de terciopelo verde, y cerrarlo con un candadito, por si acaso pudiera escaparse, para así volver ahí, a ese instante, cada vez que necesitase sentir de nuevo la plenitud de estar en su compañía.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Se le retorcían las entrañas cada vez que le hablaba de otra persona, porque en el fondo ya lo sabía, pero ojos que no ven, corazón que no siente, y prefería no tener ninguna confirmación, que hiciese lo que quisiese, pero que no se lo contase, porque entonces se le clavaba ese aguijón asqueroso entre el pecho y el ombligo, recordándole que no estaba a su alcance, que dejase abierta de una vez la puertecita de la cabeza para que se escapasen todos los pajaritos que había adentro, que estas cosas siempre les pasan a los demás, y que lo mejor era esa amistad, esa amistad esdrújula, porque era sólida y mágica.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Cosas. Eso es, cosas. Las había superado, había sobrevivido a ellas, se había enfrentado a ellas, las cosas le habían hecho caer y le habían obligado a volver a levantarse, las había ganado y las había perdido, había aprendido de ellas, había crecido con ellas, las había arrugado hasta hacer una bola con ellas y las había lanzado a la basura, y las había convertido en porcelana para protegerlas tras una vitrina, las cosas le habían abierto la piel, habían cicatrizado y habían vuelto a enternecerle, pese a todo. Y, sin embargo, qué cosas las cosas que, después de todas ellas, no sabía cómo decírselo.

Y todo el mundo le decía que fuese valiente y que se lo dijese. Pero es que tenía la firme convicción de que para no arriesgar y resignarse también hacía falta tener coraje. No se ama, ni más ni mejor, a gritos que en silencio. Y por eso, tal vez, no sabía cómo decírselo.

© Vicente Ruiz, 2020