El Fuentes Claras

Pasados cinco minutos de las ocho de la mañana, Pepe llega al bar. Junto a la puerta, le espera sentado entre un fortín de cartones el Alubias, que así se le llama porque es el único manjar que le pide siempre a Pepe para comer. Y también porque nadie sabe su verdadero nombre.

—Buenos días —saluda Pepe.

—Hoy haces tarde…

Joer, macho, menudo control me llevas.

Sagerao

El Alubias siempre habla así, con puntos suspensivos. Se le queda la voz casi afónica pendida de un hilo, que nunca sabes si ha terminado el parlamento o lo va a continuar. Habita en el huso horario presente y con la tensión baja, y es imposible saber con certeza si cuando se queda callado es porque está observando y analizando las cosas que le rodean, o si por el contrario se le ha ido la mente a otro mundo distinto de donde le espera el cuerpo.

Pepe quita el candado y saca el mazo para levantar la persiana. A pulso. Dice que el motor lo pondrá cuando las lumbares digan basta. Y siempre y cuando su hijo Chema no se quede con el negocio. Chema se está formando como cocinero. Pero su meta no es preparar bravas, puntilla y boquerones en vinagre, él quiere ser más fino. Y Pepe se indigna, porque a ver qué tiene de malo servir tapas y bocadillos, si es lo que se ha hecho toda la vida.

A las ocho y media llegan Alberto y Raquel. Se sientan a la barra del bar.

—Buenos días, Pepe —saludan. —Buenos días, Alubias.

—Buenos días…

—¿Lo de siempre? —pregunta Pepe solícito.

Lo de siempre son dos cafés con leche, con dos sobres de azúcar para él, y uno de sacarina para ella; y dos tostadas con aceite y jamón para él, y con tomate para ella. Alberto y Raquel llevan el taller mecánico que hay al lado del bar. Contra todo pronóstico, ella es la que arregla los coches; él administra. Al principio, todo el mundo desconfiaba de una mujer con mono y manchas de grasa por todas partes. Hasta que se corrió la voz y el taller comenzó a llenarse de conductoras. Ahora también van conductores que confían más en Raquel que en los mecánicos que tenían antes.

Después de que hayan pagado y se hayan ido, Pepe le pone un café con leche al Alubias.

—¿Qué quieres de manduca?

—Nada, hombre… Que ya bastante me das…

—¿Desde cuándo te dejo yo con un café con leche hasta la hora del potaje?

—Bueno, si te vas a poner así… Pues una tostada con lo que tú quieras…

A las nueve, el Alubias se ha terminado su desayuno y aparecen por el bar Concha y Loles. Concha es la mujer de Pepe. Loles es la peluquera cuyo negocio está al lado del taller.

—Alubias, qué buena cara le veo —le dice ésta.

—Es por el bocadillo que me ha puesto Pepe…

—¿Y ahora qué? ¿Su poquito de crucigramas? —pregunta Concha.

—Ay, qué haremos si no…

—Pues enseguida te ponemos la mesa en la terraza.

Entre las nueve y las doce, Pepe sirve desayunos y almuerzos a diestro y siniestro. Concha le ayuda en los primeros cafés y le deja preparadas las barras de pan cortadas para los bocadillos. Luego agarra el carrito y se va a hacer la compra para su casa. Dos horas más tarde regresa a preparar los menús de la comida. De primero habrá ensalada campera, croquetas de pollo y pescadito frito; de segundo, paella valenciana, macarrones boloñesa y pollo a la plancha con patatas. Bebida, postre y café. Ocho cincuenta.

A la una se sienta en la terraza Vicente, un señor jubilado que siempre va con su mujer y su perrita, pero que hoy no va ni con la una ni con la otra. En la mesa de la esquina, el Alubias sigue haciendo crucigramas con un vaso de agua del grifo al lado.

—Alubias, ¿cómo estamos?

—Yo bien… ¿Y usted?… Le veo hoy muy solo…

—Quien está solo está bien acompañao.

—Pues también es verdad…

—Ahora vendrá la parienta, que está donde Loles.

—¿Se espera, entonces? —pregunta Pepe, que ha escuchado la respuesta del hombre.

—De eso nada, ponme lo de siempre, que si cuando venga ella me lo he terminao, me pido otro y santas pascuas.

Diez minutos después aparece Amparín con un platito y un vaso de cortado vacío en la mano.

—Que me manda Loles con esto de vuelta —le dice a Pepe.

—Qué manía tienes de hacer de recadera —se queja Vicente.

—Ay, no me romancees, que encima que me cobra menos el tinte… —Se sienta con él.

—¿Lo de siempre? —le pregunta el dueño del bar.

—Sí, majo, mi cañita y mis cacahuetes.

—¿Le pongo el segundo ya?

—Dale, hombre, que hace calor.

—Vicen, por Dios, que ya vamos teniendo una edad… —murmura Amparín.

—Ya te lo recordaré cuando le eches anís a la manzanilla de después de comer.

—Unas gotitas de nada, ya ves.

A las dos hay un grupo de jóvenes sentados junto a la mesa del Alubias. Es la primera vez que se pasan por ese bar. Pepe les toma nota y al cabo del poco rato empieza a despachar platos. Bravas, calamares a la romana, ensalada de la casa, pan con tomate y jamón, buñuelos de bacalao y dos jarras de cerveza.

—Bar Fuentes Claras… ¿Y por qué ese nombre? —pregunta uno retóricamente.

—Porque era el pueblo de mi padre —le responde pillando la pregunta al vuelo el dueño del bar. —Provincia de Teruel.

—Que yo de pequeño lo llamaba Agua Limpia —comenta Chema, que acaba de llegar. —Hola, papá, dejo esto y te ayudo.

—Nunca he estado en Teruel —comenta una.

—Yo estuve en Albarracín, tía —dice otra. —Es mazo bonito.

—Pues podríamos hacer una escapada —sugiere alguien. —Que nunca salimos de aquí, colega.

—Yo ando un poco pelao de pasta, pero si es algo así económico, me apunto, venga —responde otro.

El Alubias recibe su plato de ídem a las tres en punto, con su cacho de pan y su vaso de vino tinto con gaseosa.

—Ay, Pepe… Qué haría yo sin ti…

—Hombre, Alubias, alguien te daría de comer, digo yo —contesta. —Lo que yo no entiendo es esta fijación con el potaje.

—Pues porque es un plato caliente y con condimento… P’aguantar

—Lo que quiero decir es que te puedo hacer más cosas que cumplan con esos requisitos.

—Pero es que estas alubias, Pepe… Estas alubias me recuerdan a mi madre… ¿Me comprendes?…

—Bueno, entonces no digo más.

—Tú no te preocupes… Que yo así ya soy feliz…

A las cuatro y cuarto aparece don Rafael a los mandos de su andador. Cubre su cabeza calva la característica boina de tela gris con que se corona siempre. Le acompaña su nieta Marta, que tontea con Chema desde que ambos tienen uso de razón. Se sientan a una mesa vacía, don Rafael se quita la boina y se abanica con ella. Marta abre un libro después de echar una mirada al interior del bar. Sale Chema sonriéndole por lo bajini.

—Pero si es la chica más bonita del barrio —comenta cantarín el chico.

—Calla, zalamero —dice la chica.

—Tú, ojito con mi nieta.

—Si soy inofensivo, don Rafael, como si no me conociera… ¿Lo de siempre?

—Sí, pero el mío con hielo —Marta le guiña un ojo.

—Hielo necesito yo —murmura Chema de vuelta a la barra.

El Alubias mira la escena, risueño. Probablemente recuerda sus tiempos mozos, cuando las chicas le devolvían la sonrisa.

—Alubias, que no le había visto, ¿cómo está?

—Bien, don Rafael, bien… Qué guapa está su nieta…

—Gracias, Alubias —responde la chica.

—A ver cuándo te lanzas tú… Porque si esperas que lo haga el pájaro ése…

Marta carcajea mostrando todos sus dientes perfectamente alineados y blancos como la luz de la mañana. Su risa suena a campanillas. El Alubias no quiere reírse abiertamente, porque le falta media dentadura de arriba.

—¿Cuántos crucigramas lleva ya? —pregunta don Rafael.

—Se me ha atollado el primero del día… Y aquí sigo…

—Pero si es usted un as.

—Que no es porque no sepa las palabras… Es que ya no me vienen a la mente como antes…

—¿Por ejemplo? —pregunta Marta.

—Aquí estoy… dándole vueltas a una… Once letras… «Quemado quirúrgicamente», dice… Ay, señor, cómo era esto…

—Cauterizado —responde Chema de vuelta, bandeja en mano. —Descafeinado por aquí y carajillo con hielo por aquí.

—Gracias, guapo —Marta le saca la lengua.

—Cauterizado… Claro… Eso era…

La tarde avanza. Vienen y van personas nuevas y viejos conocidos. El sol mueve por el suelo las sombras de las patas de las sillas y de las mesas, de los parasoles y los coches aparcados. Pasan perros que se detienen a olisquear, levantan la pata un momento y continúan. Los siguen humanos. Algunos echan agua donde el orín, otros simulan no haber visto nada. Corren niños que gritan (o gritan niños que corren). Sus padres ni gritan ni corren, ni los frenan, ni los callan.

A las ocho, llegan, cada uno por un lado, dos hombres que rondan la cuarentena y se sientan a la misma mesa. Uno peina canas y el otro lleva rapado el poco pelo que le queda. El canoso lleva ropa de pintor de brocha gorda y el otro traje y corbata. Se besan en los labios y buscan con la mirada al jefe del lugar. Sale Pepe y les atiende. Al rato ambos tienen dos tercios y unas olivas en la mesa.

—Me ha pedido Roberto unos días, hasta que le paguen a él —dice el pintor.

—Es el tercer mes ya, cariño.

—¿Y qué hago?

—Montarte el negocio por tu cuenta —responde el trajeado. —Aprovéchate de que tu marido dirige una sucursal bancaria, joder.

—Si la situación fuera al revés…

—Si somos un equipo, lo somos para todo —interrumpe.

El sol ha caído por Poniente, provocando un halo anaranjado que intensifica el añil del cielo a medida que la mirada se pierde por el este. Pepe se sienta a la mesa del Alubias, que hace rato que ya no mira el crucigrama. Tiene las manos cruzadas sobre la tripa, la espalda apoyada en el respaldo de la silla y los ojos cerrados.

—Pepe… Puedo escuchar tu cansancio…

—Ay, Alubias, ¿y la preocupación? ¿La puedes escuchar también?

—Pero qué preocupación, hombre… Si estás en la flor de la vida…

—¿Cuántos años tienes, Alubias?

—Los suficientes para no tener que verme obligado a contarlos… —Sigue con los ojos cerrados.

—¿Tú sabes en qué pienso cada mañana al despertarme?

—Pues no… No domino la telepatía…

—En si me llevaré una sorpresa desagradable cuando llegue al bar —responde serio. —Deberías ir al médico y buscar la manera de disponer de una cama y una ducha en condiciones todos los días. No es que no te quiera aquí, bien lo sabes, pero tal vez en Servicios Sociales…

—Amigo Pepe… Entiendo tu preocupación… Y si alguna vez me encontrases… bueno, ya sabes… pues te pido disculpas de antemano por el trago… Pero permíteme que viva lo que me quede así… en este rincón del mundo… viendo a los vecinos del barrio seguir con sus tejemanejes… Aquí puedo ver de cerca cosas que sólo se valoran cuando te queda poco… Y así puedo rememorar las mías…  Esto es la vida al final, Pepe…

Pepe se queda pensativo. Se pregunta qué llevó al Alubias a terminar durmiendo junto a la persiana de su bar. Qué clase de vida hizo. Qué errores cometió. Si tuvo hijos, en qué trabajó, si se casó. Muchas preguntas que jamás tendrán respuesta porque Alubias sólo viaja al pasado de forma selectiva y para dentro.

—Mañana bajaré antes —dice. —Para venir a por ti. Te subes a casa, te das una buena ducha caliente y te daré ropa limpia. ¿Te parece?

El Alubias abre los ojos entonces. Todo el peso del mundo le cuelga de los párpados. Pero en el centro de las pupilas, donde Pepe podría verse reflejado en pequeñito si se fijara, el Alubias sonríe.

—Gracias… Eres un gran hombre…

—Bah, déjate de piropos… Te pongo la cena. —Pepe se levanta—. ¿Una tortilla y unos guisantes salteados con jamón?

—Ya sabes que no te hago ascos a nada…

Pepe le da dos toques en el hombro al Alubias y se marcha para la cocina del bar.

A las diez, el vecindario puede oír el ruido de la persiana cayendo hasta el suelo. A la mañana siguiente, antes de que vuelva a levantarse, Pepe llega hasta los cartones. Sacude al Alubias para despertarle.

—Alubias, buenos días…

—Hoy se te ha hecho pronto, jodío

—¿En qué quedamos tú y yo anoche?

—Ay… que se me había olvidao

A las ocho de la mañana, el Fuentes Claras abre otro día más.

Dedicado a los bares de nuestras vidas. Y a las vidas que se dejan en los bares.

© Vicente Ruiz, 2021

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Solos

Hola

¿Cómo estás?

¿Qué haces?

Ei

Na

Aquí viendo una serie

Y tú?

Leyendo

Qué lees?

¿Qué serie?

El mundo según Garp

Gente normal

De John Irving

Está guay?

Ah, ese libro también me lo leí

El que estás leyendo ahora, digo

¿Te está gustando?

Sí, tiene un halo melancólico, pero mola

Sí, todavía voy por el principio, página 150

Lo elegí porque aparece mencionado en una peli

Y me dio curiosidad

Hostia, la página 150 es el principio?? 😂

Cuántas tiene??

En qué peli?

Tiene casi 700 😂

La peli se llama ¿Dónde está mi cuerpo?

Y sí, Gente normal es muy melancólico

Hay cierta relación

En los libros que leo últimamente

Todos van de lo mismo

Ah

Esa peli está en el catálogo de Netflix, creo

Sí, está ahí

Es de dibus, no?

Sí, pero no es infantil

Es de un tipo bastante solitario

Que se enamora de una chica también solitaria

El libro es el favorito de la chica

Ah, qué curioso

Un tipo solitario

Que se pilla de una tipa solitaria

Como en Gente normal 😂

Sí 😂

Y el libro ese

También va de gente solitaria??

Hasta la página 150, sí

Una madre y un hijo

Muy a su bola los dos

Está muy bien, ¿eh?

Me está gustando

Esperaré a tu reseña en Instagram

😂

Sí, tú no leas, no te dé un jari

😂

Soy más de audiovisual, ya sabes

Yo también, colega, pero hay que variar

Que leer es bueno para la senilidad

Joer, tronco 😂

Que aún no estoy senil

Pues para que no lo llegues a estar, tontaca

😂

Gilipollas 😂

Oye

Y por qué dices que los libros que lees

Están relacionados o algo así has dicho

Porque todos van de gente solitaria

Connell y Marianne

Simón

Garp

Debe de ser para sentirme acompañado

En mi propia soledad

Bueno, para sentirte acompañado

Vale cualquier historia

No sólo la de gente solitaria

También para sentirme comprendido

Te sientes incomprendido?

Sí, pero no por el hecho de estar solo

Sino porque nadie parece darse cuenta de ello

Entonces quieres decir

Que te sientes inexistente

A veces, sí

Como si fuera un recuerdo lejano

Para los demás

Son tiempos extraños, tío

Cada uno está a lo suyo

Claro

Y yo no formo parte de eso “suyo”

No es un reproche

Ni un lamento

Es más bien una venda caída

Un darme cuenta de repente

Pero en plan bien, no?

Quiero decir

Si no, harías por buscar más gente??

No, es que yo no necesito cantidad

Quiero calidad

Pues como yo

Como mejor se está

Con cuatro colegas

Pero colegas de verdad

Pero no deja de ser curioso

Que cada vez proliferen más

Esta clase de historias

Y entonces veas la confusión que hay

Con este tema

Ya, es lo que pienso

Estos dos de Gente normal, por ejemplo

Son solitarios

Pero se buscan uno al otro

Porque hasta en nuestra soledad

Deseada y elegida libremente

Tiene espacio la conexión con otro, no?

Es que se es como se es por motivos

Que a veces puedes explicar racionalmente

Y a veces simplemente sentir

Claro

Y a partir de cómo aceptas

Tanto lo que te explicas como lo que sientes

Decides qué quieres

Y con quién lo quieres

¿Por qué tanto personaje solitario melancólico?

Ya

Para mí es más triste

Buscar la compañía desesperadamente

Con tal de no estar solo

Exacto

Porque al final la falta de comprensión

De tu soledad por parte de los demás

Es una cuestión externa

No la puedes controlar

No la puedes controlar

😂

No me leas la mente

😂

En cambio, la peña que huye de la soledad

Refugiándose en la compañía

Huye de sí misma, creo yo

Y esa falta de comprensión interna

Pues es un poco la tristeza real

De quien está solo sin quererlo

Porque no encuentra la compañía

Donde poder cobijarse

Me he explicao fatal 😂

Pero te he entendido

Tan mal no te has explicado 😂

Menos mal 😂

Echo de menos personajes solitarios

Que no sean tristes

Que se les vea ilusionados por las cosas que hacen

Y bien, serenos, felices a su modo

Bueno, pero ese halo de melancolía

Es inevitable, no?

Porque los que estamos solos

En realidad no lo estamos

Tenemos más presente el pasado

¿Verdad?

Claro, los recuerdos y esas cosas

Pero siempre se destaca eso

También tenemos presente el presente

Coño, y hasta el futuro 😂

Como todos

Pero eso como todos

😂

Ahora me lees la mente tú

Estamos conectados 😂

Cuánta gente sola habrá

Hablando con desconocidos que son amigos

Y están en otro lugar del mundo

Por wasap

A estas horas de la noche

Bueno, cuántos desconocidos

Damos por conocidos

Sólo porque están a nuestro lado

Y les hablamos a la cara

También es verdad

Tú lees libros

Tochísimos 😂

Y yo veo series

Qué exagerada eres

Y de vez en cuando hablamos

700 páginas es un tocho, tío 😂

También leo Astérix 😂

Te decía que cuando hablamos

No me interrumpas, capullo

Idiota

Es como si tú leyeras uno de tus libros

O yo viera una de mis series

Pero en modo interactivo

También por eso no nos sentimos solos

Además, nos buscamos libremente

Porque sabemos que estamos ahí

Y aun cuando no nos buscamos

A pesar de que no hablemos durante días

Estamos ahí y lo sabemos

Joder 😂

Que no me puto leas la mente 😂

Jajajaja, qué heavy

No creo que haya nadie

Que se olvide de tu existencia, sabes??

Y si lo hacen

Pero para ellos

Peor*

¿Y eso?

Yo creo que hay conexiones oxidadas

Pero que es cuestión de quitar la herrumbre

Y todo vuelve a funcionar

Ah, amiga, pero eso no se va por arte de magia

Ya, es como como “la cencia”

Que “no se ace sola ahi que acerla”

😂

Y siempre nos toca a los que estamos solos

Hay que hacerla, sí

Como la soledad, como la compañía

Mejor hechas a nuestro gusto

Que no por lotería

Total

Y ahora cuando terminemos de hablar

Tú volverás a tu serie

Y tú a tu libro

Y yo a mi libro

😂

Copiota

Pavuncio 😂

Y volveremos a estar solos

Pero sin estarlo

Sólo que no lo estaremos

😂

😂

Basta una buena conexión

Una no, dos

Cada uno consigo mismo

Y con el otro

Es verdad

Pues eso

Y la soledad es de alone

Y no de lonely

Eso es

😊

😊

Creo que me voy a dormir ya

Yo seguiré un rato despierta

Buenas noches 😘

Que descanses 😘

© Vicente Ruiz, 2021

No, nada

«Hay muchas maneras de decir te quiero. Yo me las aprendí todas en el colegio, cuando me negaron el derecho a querer y a que me quisieran. Así, ponía una de mis pulseras trenzadas de colorines en el pupitre de la única niña que no me pegaba, ni se negaba a responderme si le hacía una pregunta. Dejaba un dibujo bonito dentro de la mochila del único niño que me decía que tenía las manos suaves y me sonreía al verme. Dejaba un caramelo en el bolsillo de la chaqueta a la profe que me limpiaba la cara, me peinaba las greñas o me sacudía el polvo de las rodillas.

De ahí, cuando el te quiero cobra otro significado, pasas a mirar a escondidas; a hacer como que no sabes que te está mirando, aunque te esté mirando o, peor, no te mire en realidad; a averiguar qué música escucha, qué películas ve, qué libros lee; a fijarte en qué ropa lleva puesta o cuáles son las últimas zapas que se ha comprado; si le gusta montar en bicicleta o es más de caminar; y, sobre todas las cosas, con qué se ríe, porque lo más bonito de este mundo es verle reír.

Lleva años adquirir maestría en el arte de decir te quiero de otras maneras que no sean diciendo te quiero. Tiempo de invisibilidad, de pasarte la vida mirando desde el otro lado del cristal, atrapado en un tren del que no puedes salir, aunque pare en múltiples estaciones, y al que no sube nunca la persona que tú quieres. Así que aprendes a dibujar mensajes en el aire, a que las sonrisas escondan el 98% de lo que las inspira y a que los silencios griten con desesperación cuánto te gustaría que las cosas fuesen distintas.

Envías mensajes a las 3 de la mañana preguntándole cómo está, porque no puedes dormir, y en la quietud de la noche el recuerdo de su rostro es la única luz que te alumbra; envías fotografías de atardeceres que te habría gustado presenciar a su lado; envías fragmentos de libros que hablan de cosas que habéis debatido; envías canciones o vídeos de YouTube sobre lugares que habéis visitado o películas que habéis visto, siempre por separado. Envías y envías…».

—¡Bicho!

Su irrupción en el despacho detuvo el tecleo en el portátil. Para cuando levantó la vista de la pantalla, ya había percibido el olor a naranja de su perfume; y al conectar con sus ojos, dejó de sentir el suelo bajo los pies, otra vez más.

—Tengo que bajar al súper un momento, enseguida vuelvo.

—Te quiero —murmuró al cuello de su camisa.

—¿Decías algo?

—No, nada.

«… toda tu colección de maneras de decir te quiero, porque decir te quiero resulta demasiado fácil para todo el mundo, y tú no quieres ser como los demás; así que tu tequiero más profundo es precisamente el que te callas, aunque lo sientas a punto de explotar en la garganta; de desbordarte la mirada; de partirte el pecho. Y no deja de ser curioso, que todas las maneras de decir te quiero cobren vida con un tequiero ahogado, abandonado en el silencio, nunca dicho para siempre».

© Vicente Ruiz, 2021