Alameda

Una tarde florida de mayo cogí mi caballo y me fui a pasear. Aunque en realidad era junio, lo que cogí fue el autobús número 70 y me fui a la Alameda a leer. El sol doraba el cielo, el aire de Levante me ondulaba el pelo con la humedad salina del Mediterráneo, los abejorros se posaban en las esplendorosas rosaledas, y en las copas de los árboles, mirlos, cotorras, palomas y demás miembros de honor de la Sociedad Española de Ornitología llevaban a cabo una tertulia, cuando menos, cantarina. En cuestión de días menguaría la población aviar, dadas las migraciones con la llegada del verano. Entonces, las chicharras ocuparían el espacio sonoro, aunque carentes completamente del mismo sentido melódico, dónde va a parar, para disgusto de oídos sensibles.

En medio de estas disquisiciones naturalistas me hallaba yo, sentado en un banco, bajo las ramas de uno de los muchos árboles de la Alameda que no son un álamo, mirando hacia el pino que tenía justo enfrente, tratando de vislumbrar alguno de los pajarillos entregados al trino, cuando a mi lado brotó de repente mi amigo Andrés, vecino de la zona, al que hacía tiempo que no veía.

—¡Hombre, Arturito! Te veo ya canas, ¿eh? —me dijo con la típica medio sonrisa del graciosete, al tiempo que me desencajaba el hombro de una palmada.

—Es por los disgustos que me da que me llames Arturito —repliqué.

—Anda ya, desustanciao, que mira que tienes poco sentido del humor… Pues que estaba haciendo la ronda y digo: «Huy… ¡Si ése es Arturito!».

Andrés llama «la ronda» al paseo vespertino que da Alameda arriba, Alameda abajo, por en medio de todas las terrazas donde se sientan las señoras y señoritas que se reúnen, inteligentes ellas, sin maridos o novios, para hablar de sus cosas y despejar el ánimo de la mundana rutina doméstico-profesional. El diablo de Andrés se pasa la ronda guiñándoles el ojo o saludándolas a santo de nada, que cualquier día le tirarán a la cara, con justicia, los restos de una copa de vino. Espero estar yo presente para troncharme de la risa.

—Yo seré desustanciao, pero tú eres un sinvergüenza. En lugar de salir a pasear con tu mujer… —le dije.

—Ya sale ella sola, a mí no me quiere ya, Arturito. ¿Que se quiere ir de compras? Se va con la niña. ¿Que se quiere ir a tomar la merienda? Se va con su hermana. ¿Que se quiere ir a la playa? Se va con la niña, con la hermana, con las amigas… Yo estoy de pasmarote en casa…

—Tú lo que eres es un quejica.

—Por eso salgo de ronda…

—A tirarles los trastos a todas las mujeres del barrio que luego se lo chivan a la tuya, Andrés, por el amor de Dios.

—Pero si nunca he ido más lejos que eso. ¿Qué hay de malo en ser galante?

—Nada. El problema es que no lo eres con quien primero lo has de ser.

—Tampoco lo es ella conmigo.

—Pues nada, chico, seguid en vuestro bucle de «tú empezaste primero», como si estuvieseis en parvulitos.

Un sonido ronco salió del registro gutural de Andrés. De repente estaba enfurruñado, con el ceño fruncido, los brazos cruzados y el mentón fuera de lugar. Casi le podía ver el humo saliéndole por las orejas. Suspiré y me retracté.

—A ver, Andrés, que no era mi intención juzgarte. Haz lo que quieras. Pero si me sigues llamando Arturito y, encima, me dices que soy un desustanciao, joer, pues yo te digo que eres un sinvergüenza y un quejica.

—Pues dime otra cosa.

—Ah, te has picado. Pareces un chiquillo.

—Hombre, para una alegría que tengo, vienes tú y me la chafas.

—Pues perdona, hijo, pero respira normal, que te estás poniendo granate.

Andrés descruzó los brazos y estiró las piernas, dejando que la sangre fluyera y el color normal regresara a su rostro, ahora más relajado.

Antes solía preguntarme qué me llevaba a mantener la amistad con aquel hombre con el que tan poco tenía yo que ver. Dejé de planteármelo cuando recordé que siempre que le había necesitado había estado ahí. Como cuando me prestó dinero para hacer un arreglo urgente en casa en un momento en que yo no podía pedir más préstamos al banco. O como cuando estuvo trayendo la cena y quedándose a cenar conmigo, todas las noches de la primera semana que viví como viudo. O como cuando siempre, siempre que lo había llamado para lo que fuese, me había cogido el teléfono a la primera. Andrés podía ser muchas cosas, pero era leal. En una era en que la lealtad está en desuso porque cada vez más se pone en valor los defectos y los errores de las personas en perjuicio de sus aciertos y virtudes, recordar ese pequeño detalle me hizo girarme hacia mi amigo y decirle:

—Andrés, no te lo digo nunca, porque es que eres un poco bestia en tus reacciones. Pero te quiero mucho. Eres un buen amigo. El mejor que tengo.

—Ay, Arturit… Arturo. Ya sé que a veces soy insoportable. Pero tengo mi corazoncito también.

—Llévate a tu mujer a cenar a la playa, anda.

—Que me lleve ella.

—¿En serio?

Y así, discutiendo como un matrimonio, nos pasamos el resto de la tarde. Hasta que la falta de luz solar animó a los mosquitos a salir en busca de tobillos y brazos desnudos. Entonces, nos levantamos y, renegando el uno del otro, como mandan los cánones de la buena amistad, nos separamos con un abrazo y decidimos volver a vernos pronto. Así, una noche fresquita de junio, cogí el autobús de vuelta a casa sin haber abierto el libro que pretendía leer a la fresca en la Alameda.

© Vicente Ruiz, 2019

Anuncio publicitario

Mar de primavera

Tú, que vienes y vas,

que me azotas la cara con el aerosol de tu oleaje,

como si me escupieras con indignación

por atreverme a mirarte a los ojos;

que me arrojas la espuma a los pies,

golpeándome con las conchas de las tellinas,

que sólo querían cubrirse bajo la arena,

como quien quiere escabullirse porque con él no va la historia.

Tú, valiente de mordisquear las maldiciones por lo bajini,

cobarde de lanzar la piedra y esconder el brazo;

que basta que amaine el viento

para mostrarte como una balsa de aceite,

con mansedumbre y regocijo por que me entregue a ti;

pero una vez me tienes en tu regazo, me volteas, me zarandeas,

me mareas, sin encontrar en mí oponente

y me arrastras con la corriente.

Tú, que pareces no saber que vengo de ti,

que crecí contigo, que estamos ligados,

nos pongamos como nos pongamos.

No importa lo mucho que me sacudas,

lo mucho que te grite,

lo poco que nos queramos en apariencia.

Admiro tu belleza y respeto tu bravura

tanto como tú respetas mi templanza y admiras mi cautela.

Cuelgan los platillos de la balanza cada uno en un nivel,

que ni en la ternura ni en la pasión

este amor fue igual para ambos.

Y qué habré de hacer. Nada.

No quisiera, jamás, no quisiera dejar de mirarte.

Mar de primavera.

Para María.

© Vicente Ruiz, 2018

La lluvia

Me bailan los puños de la camisa, siempre desabotonados, por los antebrazos mientras tiendo la ropa. Van arriba y abajo, cosquilleándome la piel, según mis movimientos. Justo en el instante que termino de pinzar la ropa más extensa y pesada, las toallas y el cubre del sofá, el cielo ruge puñetero. «¿En serio?», me pregunto con la mirada desafiante fija en las nubes. Un segundo trueno me responde vehemente y tajante. «Pues va a ser que sí», confirmo.

En menos de medio minuto empieza a jarrear. Qué bien viene, la verdad. Pronto entraremos en temporada de secano, porque desde mediados de primavera hasta el final del otoño, es difícil que en Valencia veamos llover. Pero llover, llover. Llover de verdad. Como ahora.

Inicio una especie de carrera de obstáculos que en mi mente tenía planificada a la perfección, pero que en la práctica se traduce en: pillarme un dedo desplegando el tendedero en el salón; ir perdiendo calcetines de diferentes pares, y alguna que otra braga, en el camino que separa la lavadora del peligroso artilugio anteriormente citado; tirar accidentalmente el cubo de las pinzas al suelo, habiéndose metido la mayoría de ellas debajo del sofá; mojarme recogiendo la ropa tendida a la intemperie para proceder a la colada indoor. Un desastre. Como toda yo, lo mío es ser coherente, claro que sí.

Cuando la tormenta (la metafórica, pues la meteorológica continúa alegremente) pasa, me preparo un café solo. El salón luce llenito de ropa mojada que huele a suavizante, pero la cocina se ve invadida por el petricor, hasta que la cafetera se pone a cantar, ronca como un ñu, alegrando a mis neuronas somnolientas. La modorra de después de comer, qué zalamera es.

Cojo la taza de café, le añado dos cucharadas de azúcar moreno y me aposento junto a la puerta de la galería, dejándome llevar por el sonido de las gotas que tamborilean ruidosamente el tejadillo de uralita. Llueve de lado. Siento la humedad abriéndome las vías respiratorias, pero también hidratándome la piel. Acompaso el sonido de la cucharilla removiendo el azúcar hasta llevarlo a un tempo andante moderato. Los puños de la camisa, desabotonados como siempre, bailan ahora más quedos.

Dentro de dos días estaré en un quirófano. Pero aún no ha llegado ese momento. Ahora toca disfrutar este espectáculo de primera hora de la tarde: los truenos con la batuta, la lluvia percutiva, la cucharilla sibilante y la piel erizada. Un rayito de felicidad me ha pillado así, con la lluvia de lado y la sonrisa asomada a los ojos.

Con el regusto amargo del café, pero también dulce en esta tarde, de las últimas del invierno, me retiro hacia el interior de la casa, directa a la banqueta del piano. Me recojo los puños de la camisa y hundo con las yemas de mis dedos las teclas. Dentro de dos días estaré en un quirófano, pero dentro de dos meses recordaré que dos días antes de la operación, llovió paz y fui feliz.

Para Judith. Gracias por tu música.

© Vicente Ruiz, 2018