Anexo Varsovia

(Cuarta parte, aquí).

Despido la serie sobre Polonia con este anexo de imágenes en color de Varsovia. Ha sido fantástico volver de viaje por allí. Espero que os haya gustado el recorrido.

Todas las imágenes son mías y están realizadas con una Panasonic Lumix DMC-FX10 y un Samsung S4 mini.

 

 

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10 días en Polonia (4): Varsovia

(Tercera parte, aquí).

El Vístula, el mismo río que cruzamos en Cracovia, pasa, a medio camino entre su nacimiento y su desembocadura en el Báltico, por la capital de Polonia. Emplazado nuestro alojamiento, el piso que Krysta comparte con sus amigas, cerca del impactante centro comercial Złote Tarasy y del majestuoso Palacio de Cultura y Ciencia, pude disfrutar, nada más llegar, de las vistas nocturnas de la zona más moderna de Varsovia, en la que los varios rascacielos que allí se juntaban eran, la mayoría, hoteles de la mejor categoría.

No muy lejos, el casco antiguo de la ciudad, al que accedimos, ya por costumbre, por su barbacana, nos dio la bienvenida la primera mañana con multitud de turistas que, por la calle Nowomiejska entraban a la Plaza del Mercado del centro histórico. Una tienda de antigüedades dio paso a una heladería, a la que a su vez seguía la oficina de correo postal, un pequeño restaurante, una tienda de souvenirs… En el centro de la plaza, junto a la estatua de la sirena que, con su espada y su escudo, simboliza el origen de la ciudad, un vendedor de globos estropeaba todas las instantáneas de los fotógrafos aficionados, seguramente cautivados por la belleza del aparente orden con que las casas se alineaban, cada una de un color, unas junto a otras. Con los ojos siempre en las alturas, me quedé mirando las ventanas de las buhardillas, preguntándome qué habría tras los cristales; quizá una librería, tal vez una sala de juegos para los niños, a lo mejor un trastero, aunque esto último sería, verdaderamente, una lástima.

Nos demoramos vagando por las calles adyacentes, contemplándolo todo, hasta salir a la Plaza del Castillo, en cuyo centro se erige la Columna de Segismundo, en honor a uno de los reyes de Polonia. Desde allí, emprendimos el paseo por la calle Suburbio de Cracovia que, lejos de lo que pueda creerse, es más bien una avenida y no tiene nada de la connotación negativa de la palabra «suburbio», pues forma parte de la denominada Ruta Real, lo que explica la cantidad de hermosos edificios y monumentales iglesias y palacios que uno se va encontrando por el camino. Precisamente, justo antes de acabar donde la calle cambiaba su nomenclatura, nos topamos con la Iglesia de la Santa Cruz, donde descansa, o eso dicen, el corazón de Chopin (el resto del cuerpo está enterrado en París).

De allí, nos dirigimos a la zona universitaria, cruzando el parque Kazimierzowski, entrando por la calle Lipowa. Siempre de la mano de Krysta, que estaba entusiasmada enseñándome absolutamente todo, me dejé llevar por la delicia que suponía ser plenamente consciente de estar sacándole el máximo jugo al tiempo que pasaba con ella. Apenas quedaban horas para que me tuviera que volver a España, pero me resistía a perder ni un segundo pensando en ello. En cambio, me deleité saboreando la felicidad que me embargaba al verle sonreír, mancharme la nariz con helado, buscarme la mano en los paseos, besarme el cuello en los semáforos, posar pizpireta en las fotos que le sacaba. Y así, con estas cosas en la cabeza, de repente me vi delante del edificio de la biblioteca universitaria, enorme, a cuya azotea Krysta me llevó tirándome del brazo. Allí, un jardín botánico, obra de Irena Bajerska, se extendía a lo largo de toda la terraza, con caminos para pasear, bancos en los que sentarse, zonas de sol y de sombra y unas vistas espectaculares. Me descubrí ante la idea de plantar un jardín en la azotea de la biblioteca, jardín al que, seguramente, muchos universitarios escapaban para descansar en sus horas de estudio.

Varsovia, cuyo alzamiento del gueto en 1943, seguido del de 1944, la llevó a la destrucción, renació de sus propias cenizas, cual ave fénix, guardando fidelidad a su historia. Para mí, éste fue su verdadero alzamiento. Es una ciudad realmente honorable, digna de respeto y admiración y merecedora de todos los elogios.

No contaré cómo fue la despedida con Krysta en el aeropuerto, al término de diez días de ensueño, porque si lo hiciera, volverían a mí los recuerdos de todo lo que vino inmediatamente después, que fue intensamente doloroso y cabe en una sola palabra: distancia. Por suerte, el tiempo pasó; y con el tiempo, la cura.

Veo ahora caer la lluvia en esta tarde de finales de agosto, mientras suena de fondo Arthur Rubinstein tocando la Polonesa op. 53 de Chopin, bautizada como la Heroica. Así es Polonia: heroica. Tras todos estos años, hay momentos de mi vida que revivo como si hubiesen sucedido ayer. Y aquellos días de mi juventud copan muchos de ellos. Les siguieron muchos otros. Y todos me llevaron hasta aquí, hasta este despacho, esta mesa, donde tengo ya ordenado mi material para impartir otro curso más en la universidad. Junto al ordenador, desde un marco de metal oscuro mate, me sonríen un niño, rubio como su madre, y una niña, morena como yo. Me veo obligado, ante la creciente oscuridad de la tarde, a volver a casa.

Las calles varsovianas me saludan al paso, encharcadas, reflectando las luces urbanas. Cuando entro en el recibidor y enciendo la luz, el gato, que dormía plácidamente allí mismo, maúlla molesto ante el inesperado foco. Le acaricio la cabecita buscando una reconciliación. Se oyen las voces infantiles que alegran mis días corriendo por el pasillo directamente a mis brazos. Mis hijos huelen a chocolate y bollos, como siempre que meriendan en casa de su tía. Tras ellos, viene a saludarme Krysta, que me besa los labios y me dice, como es su costumbre: «Jak się masz, kochanie?»(*).

(*) «¿Cómo estás, cariño?» en polaco.

(Anexo Varsovia, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018

10 días en Polonia (3): Auschwitz

(Anexo Cracovia, aquí).

Daniel, mi profesor de historia y filosofía del instituto, se presentó el primer día de clase con una frase de George Santayana que rezaba: «Aquel que no recuerda el pasado está destinado a repetirlo». Pretendía con ello hacernos reflexionar sobre la importancia de conocer la historia de la humanidad para evitar caer en los mismos errores, pero, como también vimos en sus clases sobre la condición humana, el hombre se caracteriza por tropezar dos veces (o incluso más) con la misma piedra. No hay más que ver lo que sucede ahora mismo en Europa, con todos sus nacionalismos y sus ideologías extremas en auge, para darse cuenta de ello. O en Estados Unidos, con el populismo de Trump. O en otros lugares del mundo, en que el fanatismo exacerbado se arma con la artillería de segunda mano de Occidente para coartar todas las libertades de su pueblo. Hay muchas réplicas de Hitler vigentes, por desgracia.

Cuando atravesé la puerta de la alambrada, bajo la que podía leerse «Arbeit macht frei» (El trabajo te hace libre), sentí el peso de la responsabilidad de honrar debidamente, con el máximo respeto, la memoria del millón cien mil personas que perecieron allí en lo que fue el ejercicio de mayor crueldad llevado a cabo por el ser humano: el exterminio de sus iguales. Sigue ocurriendo hoy en día, pero, como cuenta la criada de Margaret Atwood en su extraordinaria novela: «Lo normal es aquello a lo que te acostumbras». Y es que, como me dijo Krysta aquel día, el desarrollo, el progreso se ha dado en todos los aspectos, salvo en uno: el moral. Por eso nos acostumbramos a los muros, a la barbarie, a la esclavitud, a las limpiezas étnicas, a los burkas, a que nos regalen los oídos. Ya no discriminamos música de ruido; a fuerza de usar las palabras fuera de su contexto original se han devaluado los significados, cuando no quedan frivolizados. El mundo es mejor en el bando privilegiado, en el que yo mismo me hallo; pero en el otro bando la miseria es lo normal. Y nos hemos acostumbrado.

Visitar Auschwitz supuso recibir una hostia en toda la cara con la mano abierta y sin avisar. A la entrada del primer pabellón es, precisamente, Santayana con su famosa sentencia quien nos da la bienvenida. A lo largo de los diversos edificios, toda clase de información sobre las personas que fueron martirizadas, esclavizadas y condenadas a muerte se muestra en multitud de paneles y fotografías: las cifras de las víctimas, desde dónde llegaban los trenes, los motivos por los que eran prisioneros; por los que eran ejecutados. Te estremeces al ver los pasillos, los camastros, las letrinas sin ningún tipo de intimidad, como animales; los habitáculos de, ¿cuánto?, medio metro por lado, poco más, en los que eran castigados a permanecer de pie durante horas, puede que días, prácticamente emparedados. Se te pone un nudo en la garganta al ver los rostros demacrados de los primeros prisioneros, con sus cabezas rapadas y los pijamas de rayas; las vitrinas con centenares de pares de zapatos y alpargatas, maletas, gafas rotas, ropita de bebé, peúcos. Peúcos, por Dios bendito. Haces lo imposible por contener las lágrimas al entrar en el horno y en la cámara de gas; al caminar por la grava que rodea los edificios y encontrar el paredón donde hoy no faltan las flores por todos cuantos allí fueron asesinados. Lo recuerdo ahora, que ya soy más mayor, y no puedo evitar llorar del asco y de la vergüenza que, en estas ocasiones, me da mi propia especie.

En Auschwitz-Birkenau, donde apenas permanecen en pie un par de pabellones y poco más, dado que los nazis tuvieron que destruirlo todo ante la inminente liberación del campo por parte del ejército soviético, cada visitante hizo su marcha en solitario. Krysta me animó a recorrer mi propio camino por allí, observando, pensando, ¿rezando? Tal vez también, no lo recuerdo. Pero sí me acuerdo de vagar por el interior de uno de los barracones e ir encogiéndome, paso a paso. Sobre tablas de madera de un metro de anchura dormía media docena de personas; sobre las literas un poco más anchas, hasta la docena. Una estufa de carbón diminuta calentaba, supuestamente, cada barracón en el que malvivía en torno a un centenar de prisioneros, que no disponían de ventilación, ni baño; tan sólo un balde y un pijama, en un lugar que alcanza los diez grados bajo cero en invierno.

El último paseo lo di por el andén, donde se encontraba el vagón de uno de los trenes de la muerte. Me paré en medio de la plataforma y miré a mi alrededor, girando 360 grados sobre mí mismo. Traté de imaginarme aquel lugar décadas atrás, pero no pude. O no quise. Era desolador. Me vino a la mente el diario de Ana Frank, «Una princesa en Berlín» de Solmssen y «El hombre en busca de sentido» de Frankl. Cerré los ojos y me concentré en la percepción sensorial. Escuché entonces el trino de los pájaros y el sonido de las hojas azotadas por el viento. La vida junto a la muerte, pensé. Qué extraña sensación.

Perdido en mis cavilaciones con la vista en los cables de la luz donde se posaban los cantores, sentí de repente los brazos de Krysta rodeándome la cintura desde atrás. Noté cómo se aupaba sobre los dedos de sus pies para besarme la nuca. «¿Estás bien?», me susurró. Respiré hondo, me di la vuelta, le correspondí al abrazo y apoyé mi frente sobre la suya. Me di cuenta allí mismo de mi condición: libre, sano, con mis derechos asegurados, con mis necesidades básicas satisfechas, con algunos de mis caprichos cubiertos. Nadie me perseguía por ser nada. Le habría contestado muchas cosas, todas las que sentía en aquel momento, pero sólo me salió un «Sí», colgando de una medio sonrisa.

¿Qué puede hacer un chaval privilegiado que, de repente, descubre una realidad llena de miseria, que no sufre por pura suerte, por haber nacido en otro lugar, en otra época? Comprometerse a trasladar lo aprendido a todas las facetas, todos los gestos, todos los momentos de su vida; contar lo que vio; señalar lo que se olvidó, lo que se manipuló, lo que se está repitiendo, como ya nos advertía Santayana.

Esa noche Krysta y yo cenamos en el hotel para acostarnos pronto. Me abracé a su cuerpo con el ansia del niño que busca la protección de su madre y, al mismo tiempo, con la necesidad, que por cuestiones culturales viene de serie en todos los hombres, de ser yo quien la protegiese a ella. Creo que ella tuvo sensaciones parejas. Me peinaba el pelo con los dedos mientras yo le acariciaba la espalda, mirándonos a los ojos, en silencio. Nunca supe qué le rondaba por la mente en ese momento. Tampoco soy muy consciente de si yo pensaba en algo o simplemente me limitaba a sentir. En cualquier caso, acabamos haciendo el amor suavemente, más por encontrarnos en la ternura que en el placer, hasta caer colmados, el uno en los brazos del otro. Qué extraña sensación. La muerte junto a la vida.

(Cuarta parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018