Primavera en Pekín (2)

(Primera parte, aquí).

Para las visitas turístico-culturales, la organización del intercambio nos contrató a una guía. Era una mujer madura, dulce, pero enérgica, y hablaba español perfectamente. Su nombre real era Yun Lian, pero quiso que nos dirigiésemos a ella como Yolanda, lo que resultaba muy gracioso hasta que nos habituamos. Gracias a ella hoy puedo escribir esta crónica. Así que, estés donde estés, querida Yolanda, o Yun Lian: gracias o xie-xie.

El Palacio Imperial de Verano, y el parque en que está enclavado, es inabarcable en un solo golpe de vista. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998, tiene una extensión de 300 hectáreas (o campos de fútbol, para entendernos) y se trata de un jardín inmenso en que se agrupan varias construcciones, especialmente entre la Colina de la Longevidad y el lago, que es artificial.

Sus elementos más característicos son tres. En primer lugar, el templo del Buda Fragante, que corona la colina y cuyo diseño se corresponde a las clásicas pagodas que, a priori, todos conocemos y vinculamos a la arquitectura tradicional china. De hecho, no dejaríamos de verlas en los días sucesivos.

En segundo lugar, el gran corredor, que mide 730m, recorre la orilla del lago y fue ideado para que la emperatriz pudiera darse largos paseos al atardecer. O al mediodía. Da igual, esa gente seguro que tenía todo el tiempo del mundo, porque de lavar, cocinar y esas cosas, ellos no se ocupaban, eso está claro.

Y por último lugar, el barco de mármol, una preciosa embarcación falsa, puesto que en realidad es un pabellón fijo a la orilla del lago, maravillosamente esculpido y centro de atención de todas las miradas y clics de cámaras fotográficas.

Además de todo esto, hay un puente larguísimo, con 17 arcos, uniendo la orilla con una isla que hay en el centro del lago. Las instalaciones del palacio están construidas mayoritariamente con madera, que lucen miles de pinturas en los paneles de las entradas, en los techos y en las vigas, combinando los colores rojo, verde, azul y dorado. Un espectáculo para la vista.

El Palacio Imperial de Verano hace honor a su nombre: sus estancias están abiertas para el paso del aire y del sol, y es una residencia magna para la familia del emperador. No podía ser cosa chica.

Arrancamos la estancia en Pekín con una de las visitas obligatorias para cualquier viajero que se deje caer por la capital china, una preciosidad en la que no cuesta nada imaginarse a la corte imperial y a sus centenares de sirvientes disfrutando de las tardes de verano entre el bosque y el lago.

A las siete y media de la tarde ya estábamos de nuevo en el comedor de la residencia, disfrutando de los manjares de la comida oriental. No lo sabíamos aún, pero estábamos a punto de sumergirnos en un sueño reparador de casi 12 horas…

(Tercera parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2019

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Primavera en Pekín (1)

Aterricé en Pekín sobre las cinco de la madrugada de un día de abril. Se trataba de un viaje por trabajo, un intercambio entre asociaciones musicales de España y China de una semana de duración. Es una de las grandes satisfacciones que me da ser directora de coro: viajar, llevar la música de mi cultura a otros lugares del mundo y ser testigo de la ilusión que desborda la mirada de mis cantantes.

Las cinco de la madrugada, decía, y ya era completamente de día. No es que estuviese amaneciendo. El sol llevaba fuera ya un buen rato y a través de los ventanales del aeropuerto se intuía la claridad de la mañana ya en transcurso. Fue lo primero que me llamó la atención. Sabía que toda China, pese a lo vasto de su territorio, vivía en el mismo huso horario y que Pekín se encuentra en su parte más oriental, pero no esperaba aquella luz a esas horas. Aunque la verdadera sorpresa fue descubrir al día siguiente lo necesario de unas buenas cortinas. Nunca en mi vida madrugué tanto como aquellos días.

Lo segundo que me hizo alzar las cejas fue lo caótico del tráfico: los coches, las bicicletas, los triciclos y los peatones, todos juntos, se cruzaban, no paraban, no cedían, se colaban… Eso sí: nunca presenciamos ningún accidente. En las avenidas y las calles de Pekín el tráfico baila sin dejar ni un hueco entre automóviles. Desde el aeropuerto hasta la residencia de la Universidad de Renmin donde nos alojaríamos, se levantaban a ambos lados de la autopista de varios carriles por sentido, edificios-colmena donde, supuse, malvivía la gente trabajadora o, tal vez, trabajaba la gente que malvivía. Porque, de buenas a primeras, Pekín no me pareció una ciudad donde se viviese bien. Pero decidí guardarme los prejuicios en un bolsillo de la maleta para conocer de verdad la vida en la capital china.

Llegados a la residencia, descansamos un poco. La comida estaba programada a las 12:30h, así que aproveché para dormir, darme una buena ducha y ponerme ropa limpia. Las trece horas en avión me habían dejado hecha una pasa sultana, agotada y con la sensación de llevar puesto el mismo atuendo desde hacía una semana. Tras el aseo, me sentí renovada y hambrienta, y me lancé escaleras abajo en busca del comedor.

«Así que ésta es la verdadera comida china», pensé mientras contemplaba las bandejas. Olvidaos del arroz tres delicias o del rollito de primavera. No existen. Aquí el pollo con almendras no lleva almendras, sino cacahuetes, y pica. Yo, que no soy muy de comer sin saber qué es lo que estoy comiendo, disfruté bastante, aunque sin moverme mucho del sota, caballo y rey. Lo admito, soy asquerosita para la comida. Pero allí aprendí a ser un pelín más flexible. Lo más familiar era el postre: piña y sandía. Bastante sabrosas, he de decir.

Con el estómago lleno, sobre las dos de la tarde, nos dirigimos hacia la primera parada de la parte turística del viaje: el Palacio Imperial de Verano. De entrada, hay que empezar diciendo una cosa: qué bien se lo han montado siempre los elegidos por los dioses; orientales u occidentales, qué más da, que, con la excusa de ser reyes, emperadores, príncipes o papas, se han procurado siempre el lujo, la servidumbre y todo lo necesario para hacer de la tierra su paraíso. Hay que joderse con el poderío…

(Segunda parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2019