Solos

Hola

¿Cómo estás?

¿Qué haces?

Ei

Na

Aquí viendo una serie

Y tú?

Leyendo

Qué lees?

¿Qué serie?

El mundo según Garp

Gente normal

De John Irving

Está guay?

Ah, ese libro también me lo leí

El que estás leyendo ahora, digo

¿Te está gustando?

Sí, tiene un halo melancólico, pero mola

Sí, todavía voy por el principio, página 150

Lo elegí porque aparece mencionado en una peli

Y me dio curiosidad

Hostia, la página 150 es el principio?? 😂

Cuántas tiene??

En qué peli?

Tiene casi 700 😂

La peli se llama ¿Dónde está mi cuerpo?

Y sí, Gente normal es muy melancólico

Hay cierta relación

En los libros que leo últimamente

Todos van de lo mismo

Ah

Esa peli está en el catálogo de Netflix, creo

Sí, está ahí

Es de dibus, no?

Sí, pero no es infantil

Es de un tipo bastante solitario

Que se enamora de una chica también solitaria

El libro es el favorito de la chica

Ah, qué curioso

Un tipo solitario

Que se pilla de una tipa solitaria

Como en Gente normal 😂

Sí 😂

Y el libro ese

También va de gente solitaria??

Hasta la página 150, sí

Una madre y un hijo

Muy a su bola los dos

Está muy bien, ¿eh?

Me está gustando

Esperaré a tu reseña en Instagram

😂

Sí, tú no leas, no te dé un jari

😂

Soy más de audiovisual, ya sabes

Yo también, colega, pero hay que variar

Que leer es bueno para la senilidad

Joer, tronco 😂

Que aún no estoy senil

Pues para que no lo llegues a estar, tontaca

😂

Gilipollas 😂

Oye

Y por qué dices que los libros que lees

Están relacionados o algo así has dicho

Porque todos van de gente solitaria

Connell y Marianne

Simón

Garp

Debe de ser para sentirme acompañado

En mi propia soledad

Bueno, para sentirte acompañado

Vale cualquier historia

No sólo la de gente solitaria

También para sentirme comprendido

Te sientes incomprendido?

Sí, pero no por el hecho de estar solo

Sino porque nadie parece darse cuenta de ello

Entonces quieres decir

Que te sientes inexistente

A veces, sí

Como si fuera un recuerdo lejano

Para los demás

Son tiempos extraños, tío

Cada uno está a lo suyo

Claro

Y yo no formo parte de eso “suyo”

No es un reproche

Ni un lamento

Es más bien una venda caída

Un darme cuenta de repente

Pero en plan bien, no?

Quiero decir

Si no, harías por buscar más gente??

No, es que yo no necesito cantidad

Quiero calidad

Pues como yo

Como mejor se está

Con cuatro colegas

Pero colegas de verdad

Pero no deja de ser curioso

Que cada vez proliferen más

Esta clase de historias

Y entonces veas la confusión que hay

Con este tema

Ya, es lo que pienso

Estos dos de Gente normal, por ejemplo

Son solitarios

Pero se buscan uno al otro

Porque hasta en nuestra soledad

Deseada y elegida libremente

Tiene espacio la conexión con otro, no?

Es que se es como se es por motivos

Que a veces puedes explicar racionalmente

Y a veces simplemente sentir

Claro

Y a partir de cómo aceptas

Tanto lo que te explicas como lo que sientes

Decides qué quieres

Y con quién lo quieres

¿Por qué tanto personaje solitario melancólico?

Ya

Para mí es más triste

Buscar la compañía desesperadamente

Con tal de no estar solo

Exacto

Porque al final la falta de comprensión

De tu soledad por parte de los demás

Es una cuestión externa

No la puedes controlar

No la puedes controlar

😂

No me leas la mente

😂

En cambio, la peña que huye de la soledad

Refugiándose en la compañía

Huye de sí misma, creo yo

Y esa falta de comprensión interna

Pues es un poco la tristeza real

De quien está solo sin quererlo

Porque no encuentra la compañía

Donde poder cobijarse

Me he explicao fatal 😂

Pero te he entendido

Tan mal no te has explicado 😂

Menos mal 😂

Echo de menos personajes solitarios

Que no sean tristes

Que se les vea ilusionados por las cosas que hacen

Y bien, serenos, felices a su modo

Bueno, pero ese halo de melancolía

Es inevitable, no?

Porque los que estamos solos

En realidad no lo estamos

Tenemos más presente el pasado

¿Verdad?

Claro, los recuerdos y esas cosas

Pero siempre se destaca eso

También tenemos presente el presente

Coño, y hasta el futuro 😂

Como todos

Pero eso como todos

😂

Ahora me lees la mente tú

Estamos conectados 😂

Cuánta gente sola habrá

Hablando con desconocidos que son amigos

Y están en otro lugar del mundo

Por wasap

A estas horas de la noche

Bueno, cuántos desconocidos

Damos por conocidos

Sólo porque están a nuestro lado

Y les hablamos a la cara

También es verdad

Tú lees libros

Tochísimos 😂

Y yo veo series

Qué exagerada eres

Y de vez en cuando hablamos

700 páginas es un tocho, tío 😂

También leo Astérix 😂

Te decía que cuando hablamos

No me interrumpas, capullo

Idiota

Es como si tú leyeras uno de tus libros

O yo viera una de mis series

Pero en modo interactivo

También por eso no nos sentimos solos

Además, nos buscamos libremente

Porque sabemos que estamos ahí

Y aun cuando no nos buscamos

A pesar de que no hablemos durante días

Estamos ahí y lo sabemos

Joder 😂

Que no me puto leas la mente 😂

Jajajaja, qué heavy

No creo que haya nadie

Que se olvide de tu existencia, sabes??

Y si lo hacen

Pero para ellos

Peor*

¿Y eso?

Yo creo que hay conexiones oxidadas

Pero que es cuestión de quitar la herrumbre

Y todo vuelve a funcionar

Ah, amiga, pero eso no se va por arte de magia

Ya, es como como “la cencia”

Que “no se ace sola ahi que acerla”

😂

Y siempre nos toca a los que estamos solos

Hay que hacerla, sí

Como la soledad, como la compañía

Mejor hechas a nuestro gusto

Que no por lotería

Total

Y ahora cuando terminemos de hablar

Tú volverás a tu serie

Y tú a tu libro

Y yo a mi libro

😂

Copiota

Pavuncio 😂

Y volveremos a estar solos

Pero sin estarlo

Sólo que no lo estaremos

😂

😂

Basta una buena conexión

Una no, dos

Cada uno consigo mismo

Y con el otro

Es verdad

Pues eso

Y la soledad es de alone

Y no de lonely

Eso es

😊

😊

Creo que me voy a dormir ya

Yo seguiré un rato despierta

Buenas noches 😘

Que descanses 😘

© Vicente Ruiz, 2021

Anuncio publicitario

Extraterrestre

—Hay dos tipos de seres humanos, ¿no? Los hombres y las mujeres.

—Ajá.

—Bueno, pues yo soy de otra galaxia.

—Deja de beber, anda.

—No, no, escucha. Los hombres y las mujeres nunca pierden de vista que son hombres o mujeres. Asumen sus roles con naturalidad, con gusto y los usan en sus relaciones con asiduidad. A los hombres les gusta ser protectores, galantes, masculinos y fuertes. A las mujeres les gusta ser femeninas, seductoras, poderosas e independientes. No todos los hombres ni todas las mujeres son así. Hay de todo, como en botica. Pero, grosso modo, los hombres y las mujeres son primero hombres o mujeres y luego, todo lo demás.

—¿Y tú no?

—¿Tú crees que sí?

—Yo creo que eres una mujer. Atípica, pero mujer. Si fueses de otro planeta, serías verde y tendrías antenitas.

—No, en serio. Mujer atípica es un eufemismo de tía rara. Y es así, tienes razón, no me identifico con las mujeres que cumplen con el rol social, cultural y educacionalmente vinculado a su sexo, ni tampoco como lo opuesto a los hombres.

—¿Porque no te maquillas?

—No es sólo eso, es todo. Yo me veo tanto en común con el resto de mujeres como con los hombres. En algunas cosas me parezco más a ellos que a ellas y en otras es al revés, por eso a mí ser mujer no me define, ¿me explico?

—Más o menos.

—Me siento incómoda cuando me juzgan únicamente en cuanto mujer.

—Vale. No, no te sigo.

—Si tú ves en mí a una mujer, entonces juzgarás que no me maquille, que no lleve vestidos o que no quiera tener hijos. Yo soy mucho más que eso.

—Claro que eres mucho más que eso. Tú y todos.

—Pero todos ponen el foco en la condición primera que nos define: hombre o mujer. Y yo no creo que eso me defina. Es un aspecto biológico en mí, como lo son mis rizos o mis ojos verdes. Me define eso tanto como mi trabajo, mis traumas o mis aspiraciones. Pero todo el mundo pone esa condición lo primero en la lista de características.

—¿Quieres decir que tú no te fijas primero en lo exterior?

—Cuando no conozco de nada a alguien, no me fijo en las formas, sino en el modo de estar, en la expresión. Cuando ya conozco a la persona, su imagen me da igual. Sólo me importa su exterior por su manera de sacar fuera su interior, que es lo que realmente me interesa.

—Pero igual es que tú te sientes juzgada, no que te estén juzgando realmente, ¿sabes lo que quiero decir? A lo mejor sólo es tu percepción.

—Soy más consciente de este tipo de cosas cuando no tienen que ver conmigo. Entre otras razones porque la gente es muy poco discreta y lo comenta todo de todo el mundo. Escucho y veo sus juicios y todos, todos se basan en la condición hombre o mujer. Me incomoda eso. Júzgame, ódiame o quiéreme por quién soy, no porque lo que yo haga o diga sea o no lo que esperas de una mujer.

—Un poco rarita sí eres.

—Siempre me he sentido así. Ajena a esa manera de valorar visualmente a las personas. Cómo me ve todo el mundo siempre ha sido una barrera.

—¿Cómo crees que te ve todo el mundo?

—¡Como una tía rara! ¡Jaja, si tú misma lo has dicho!

—¿De qué galaxia, decías?

—En el plano amoroso, por ejemplo, a veces pasa que cuando tratas a alguien con confianza quizá demasiado pronto, se interpreta como que quieres algo. Y probablemente sólo quieras conocer más a esa persona porque te ha caído bien y punto. Pero tal vez te guste de veras y entonces es un rollo porque si lo que se ve, se sale del estereotipo, adiós muy buenas. Por eso yo no suelo gustar.

—Yo creo que exageras. Y que lo que pasa es que no quieres nada con nadie. Que te has construido un parapeto alrededor para protegerte. Y me parece bien, ojo, pero no digas que no gustas, porque para gustar también has de querer gustar.

—Y una mierda.

—Dos.

—Tres, con lacito. He querido gustar más veces de las que piensas. Pero ha de ser recíproco, ¿sabes? Y ya fuera del terreno amoroso, incluso en el plano de la amistad, también habría querido que funcionaran algunas relaciones.

—No te mosquees, es que cuesta creerlo. No te veo tan así, como te pintas.

—Mira, yo nunca exagero, siempre digo las cosas como han sido, como son. Desde mi perspectiva, claro, no puedo hablar por los demás, pero ha sido y es así. Siempre. ¿Qué personas me quedan? Las que ven en mí a la persona al completo y me valoran así, como soy yo, sin etiquetas, porque es que las odio, las odio con todas mis fuerzas, tuve que tragar tanto con ellas que repudio todas las etiquetas.

—Comprendo. Pero entiende que los terrícolas las empleemos para clasificarnos.

—Pero esa clasificación, ¿para qué?

—Porque somos así, tía, nos gusta etiquetar las cosas y hacer listas con ellas. Qué quieres que te diga, aquél de allá, por ejemplo: yo veo un tío, moreno, más o menos alto, treintañero, vestido informal, ¿informático?, ¿profesor?, quién sabe, no importa, tiene cara de bueno, pinta de hetero y creo que es probable que tenga novia porque no busca con la mirada a nadie. ¿Qué ves tú?

—Veo a una persona extravertida a la que le gusta reírse con sus amigos, comer y la cerveza, y a la que su imagen exterior le importa tres pitos. Aparte de eso, veo lo mismo que tú, pero no le doy ninguna importancia, esa información es basura.

—¿Por qué crees que su imagen exterior le importa tres pitos?

—Por lo que has dicho de que es probable que tenga novia. Va vestido de diario, no para buscar nada. También puede ser que no tenga novia, pero no quiera ninguna historia con nadie.

—¿Cómo tú?

—Yo ni busco ni espero encontrar.

—Si no buscas, desde luego que no encontrarás.

—La vida es sorprendente. Si tiene que pasar, la vida hará que pase. Y si no, la vida sigue adelante. En cualquier caso, la vida gana. Y yo debo ganar con ella.

—Hija mía, qué intensita eres.

—Pero me quieres así.

—Y si a ti te gusta alguien, ¿qué haces?

—¡Disimular, jaja!

—¡Venga ya! ¡Así es imposible!

—Es muy difícil que a mí me guste alguien, así que cuando sucede, disimulo, porque si no, la cago. Lo mejor es tomármelo como un intento de amistad y luego, pues ya se verá.

—Ay mi madre…

—¿Qué?

—Que sí, que eres de otra galaxia.

—¿Lo ves? De siempre. He visto y veo interactuar a la gente y pienso: «Qué distinta soy, a mí no me sale comportarme así o asá», ¿sabes? Y cuando la gente me dice, como tú antes: «Qué intensita», pienso: «Joer, ¿es que ellos no sienten las cosas que les pasan? ¿O es que, no sólo soy distinta, sino que también siento distinto?». No sé, igual es que los demás no hablan de las cosas que piensan y sienten, y yo sí. Puede que sólo sea eso, que todo el mundo prefiere ocultar debajo de sus alfombras particulares todas sus cosas.

—Sí. Me estoy dando cuenta de que vas tan al fondo de las personas desde el tuyo propio que es muy posible que las asustes.

—Y por eso se alejan. Al final siempre se van.

—No todos, mujer. Yo sigo aquí, ¿no?

—Tú imagínate. Como para buscar pareja. Acabaría con el corazón molido y demolido. Ni con tiritas, ni pegamento, ni hormigón.

—Pero no cambies.

—No pensaba. No sabría, tampoco. Sólo sé ser así.

—Especial.

—No. Extraterrestre.

© Vicente Ruiz, 2019

Los cuerpos

—Querría no tener cuerpo. O ser invisible. Imagínese un mundo en que sólo nos comunicásemos a través de las almas, directamente, sin que hubiese un cuerpo por medio torpedeándolo todo. Porque el cuerpo es un obstáculo. Lo es para mí y para muchísima gente más, seguro. Ya sé que es receptor sensorial y que hay mucha información en el alma que llega por el cuerpo. Vale, es verdad. Entonces cambio el panorama. ¿Y si todos tuviésemos el mismo cuerpo? ¿Y si no hubiese distinción entre hombres y mujeres, altos y bajos, rubios o morenos, ojos azules u ojos marrones, jóvenes o viejos? ¿Y si no hubiese diferencias externas que nos etiquetasen en un grupo étnico, cultural, social o de riesgo de exclusión? Seríamos sólo personas. Y eso sería genial. Porque continuaría habiendo diversidad, pero interna. Y no habría otra manera humana de conocerla más que hablando entre nosotros, comunicándonos. Y para cuando nos supiésemos distinto del otro, ya sería tarde para odiarle, porque ya habríamos tendido los puentes necesarios para entendernos. El cuerpo es un impedimento para todo eso. Odio mi cuerpo. Bueno, no lo odio, porque si no, no lo cuidaría. Pero sólo es importante para mí en la medida en que necesito que tenga salud e higiene. Ya está. Mi cuerpo no es importante para nada más. Me refiero a sus formas. Como receptor sensorial sí, claro. No querría dejar de ver el atardecer, el fuego de una chimenea, las sonrisas de mis sobrinos, la luna y las estrellas; dejar de oler el aroma a cruasanes y magdalenas del horno de mi barrio todas las mañanas cuando bajo a coger el bus, o la piel de los bebés, o la tierra mojada por la lluvia; dejar de sentir los abrazos de mis hermanos, el viento del mar o el calor del sol; dejar de saborear el chocolate, el vino, el café; o haberme perdido los besos de quienes me enamoré; dejar de escuchar la música… ¿Quién podría vivir sin música? No, claro que no renunciaría a nada de eso. Pero los cuerpos en cuanto a sus formas no valen para nada. Para no estar nunca satisfechos con nosotros mismos. Para separarnos de los demás. Para eso valen. Querría no tener cuerpo. O ser invisible. O ser un camaleón y camuflarme con lo que fuese para que nadie pudiese advertirme.

—¿Le puedo hacer una pregunta?

—Claro.

—¿Tiene usted recuerdos de su propio cuerpo durante su infancia?

—No… La verdad es que no. Recuerdo mis rodillas llenas de heridas. Pero no recuerdo más.

—¿Ha sufrido usted alguna agresión en su infancia?

—Sí. Me pegaban. En el colegio. Me empujaban al suelo y se me tiraban todos encima. Era claustrofóbico. Lo pasaba muy mal. También me mordían. Recuerdo las marcas de los dientes. Se burlaban de mí. Una vez dijeron en voz alta en medio de la clase que yo era un feto.

—¿Un feto?

—Sí.

—¿Qué significa?

—Un feto es una persona poco agraciada.

—¿Cuántos años tenía usted?

—Ahí ya tenía doce o trece.

—¿Usted se veía como un feto?

—Sí. Sinceramente.

—¿Y ahora?

—Cuando me miro al espejo no veo lo que los demás ven. Ni siquiera veo en mí lo que los demás ven en sí mismos.

—¿Qué cree que los demás ven en sí mismos?

—Creo que se identifican en su cuerpo. Tienen su cuerpo integrado en su persona.

—¿Y usted no?

—Yo me veo y creo que me daría igual si tuviese cualquier otro cuerpo.

—O sea, que le es indiferente ser o no ser un feto.

—Con doce o trece años, no. Dolió. Dolió mucho. Ahora tanto me da. Me preocupan más mi mente y mi corazón.

—Es decir, por resumir: usted ignora el hecho de que tiene un cuerpo salvo cuando tiene que cuidar su salud y su higiene.

—Sí, más o menos.

—Tiene lógica.

—¿La tiene?

—Los niños que sufren agresiones físicas desarrollan desafección hacia su propio cuerpo. Sobre todo, si el origen de esas agresiones es que su físico sea de una determinada manera.

—Nunca lo había pensado.

—Lo sé. Eso explica que ignore esa parte de usted. Debe aceptarla. Porque le guste o no, es quien es también por cómo es su cuerpo. Si tuviese unas formas completamente opuestas a las suyas, sería otra persona.

—¿Usted cree?

—Es así. Aunque no se vea desde fuera, se mueve en un entorno. Su presencia provoca reacciones. Usted reacciona a esas reacciones. Igual que reacciona a la presencia de los demás.

—Yo no me fijo en el físico de los demás.

—El físico es lo primero que se percibe.

—Pero no es en lo que centro mi atención. Y no es, desde luego, lo que hace que quiera acercarme a una persona.

—Pero lo de dentro sale a través de lo de fuera.

—Sí, por la mirada, por ejemplo. Hay miradas que me han echado para atrás. Y miradas que me han invitado a acercarme. Pero no por la mirada, sino por lo que refleja. ¿Y si, en lugar de un espejo, es un espejismo? ¿Y si la mirada que me echó atrás sólo era porque estaba llena de miedo o inseguridad o qué sé yo? ¿Y si la mirada en que confío después me traiciona? Por eso los cuerpos son inútiles. No sirven para nada. Más que para etiquetarnos y separarnos. Yo no sé qué hay más allá de la muerte. Pero confío en que haya un universo donde sólo habiten almas. Almas que se puedan unir o separar únicamente porque son o no son compatibles entre sí mismas, sin que haya ningún otro elemento en medio delimitándolas.

—Bueno, yo creo que ese universo ya existe.

—Sí, ya sé a qué se refiere. El amor. Pero ese universo, no todos lo podemos disfrutar.

—Disiento. Ese universo ya está en usted. Lo único que ha de hacer es querer compartirlo.

—Pero la única manera de hacerlo es a través del cuerpo. Entienda que me resulte tan difícil. Porque soy torpe en el plano físico. Y porque tengo miedo a sufrir más. Y porque con la edad se agota la paciencia, de uno y de la otra persona. Porque la otra persona también arrastra sus heridas. Y puede que le resulte difícil también, por lo mismo o por otras cosas.

—¿Eso no son excusas?

—Eso son mis circunstancias. Usted las interpreta como excusas. Lo comprendo, no está en mi piel.

—¿Se acuerda de cómo ha empezado esta conversación?

—Sí. Me preguntó por qué me incomodaban los piropos. Y yo le dije que los piropos me recuerdan que tengo un cuerpo.

—No. Lo que le pregunté fue si podía sentarme aquí con usted porque me parecía que tenía unos ojos preciosos. Se quedó en silencio y entonces le pregunté si le había molestado. Y me dijo: «Disculpe, es que me incomodan los piropos, pero por supuesto que puede sentarse conmigo». Y a eso respondí: «¿Por qué le incomodan los piropos?». Fíjese. ¿Por qué aceptó que me sentase con usted si no me conoce de nada? ¿Qué hizo que quisiera conocerme?

—Cree que no le conozco. Pero viene aquí todas las tardes. Se sienta en aquella mesa de allí y pide un café con leche descafeinado con la leche templada. Después saca su móvil y su portátil. Supongo que por trabajo. Por la conversación de hoy, deduzco que se dedica a la psicología. O a algo por el estilo. Siempre hay un momento en que se le pierde la mirada por el ventanal. No, no me dedico a acosar a la gente, pero me gusta observarla. Intento averiguar qué tienen en sus almas. Yo vengo todas las tardes, pido un café solo sin azúcar y me siento aquí, abro mi libro y leo. De vez en cuando levanto la vista. Una tarde le vi a usted. Se tapaba los ojos. Luego me di cuenta de que se enjugaba las lágrimas. Cuando iba a acercarme para ofrecerle un pañuelo, se levantó, pagó y se fue. Desde entonces, le miro todas las tardes. Por si vuelve a llorar, por si puedo hacer algo. Sé lo que es llorar en soledad. Su físico no tiene ninguna importancia aquí. Porque, sea como fuere, sufre. ¿Lo ve? El cuerpo ni siquiera sirve para proteger al alma. No sirve para nada. No me dice quién es usted. Yo he empezado a decirle quién soy yo. Desde dentro. Obviando cómo soy por fuera. Lo he hecho porque quiero saber quién es usted. Y quiero saberlo porque le vi sufrir. Es mi naturaleza. Es instintivo querer acercarme a quienes sufren, probablemente porque sé lo que es sufrir. Tal vez ahora sea feliz de nuevo. Me alegraré por usted. En cualquier caso, le ofrezco mi amistad sincera.

—Vaya. Pues ahora no sé qué decir.

—Cualquier cosa menos que tengo unos ojos preciosos, por favor.

—¿Nos tuteamos?

© Vicente Ruiz, 2019