Idem

Lo que hemos sido,

en el alma y en la piel,

tú y yo,

es lo mismo.

Y lo que seremos,

tal vez en otra vida,

aunque ni tú ni yo,

es lo mismo.

Y lo que somos,

en los sueños tuyos y míos,

pero ni la versión real de ti

ni la de mí,

es lo mismo

(incluso ahora,

que ya hemos dejado de ser).

Todo el tiempo, amor,

mi amor,

entre tú y yo,

todo es lo mismo.

© Vicente Ruiz, 2022

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Sonrisas y lágrimas

La alegría de ayer fue precedida por el llanto la noche anterior. Por eso me acompañó todo el día un dolor de cabeza, leve en comparación con mis migrañas, pero obstinado como la llamada de un comercial. Y es que, entre las alegrías, nunca dejan de estar las aristas de la realidad, con sus picos y sus filos, a modo de recordatorio de que hay que disfrutar de lo bueno y de lo bonito, pero sin perder el norte.

De las aristas que podemos encontrarnos, están los duelos. Casi siempre los vinculamos a la muerte de un ser querido, pero duelos hay tantos como tipos de pérdidas. Y todos pasan por las mismas etapas, en mayor o en menor grado, con distintas medidas de tiempo, dependiendo de los vínculos y las personas. Esas etapas, según la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, son cinco, a saber: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

No creo que haga falta explicar las dos primeras, así que pasaré directamente a hablar de la negociación, que no consiste sino en la creación ilusoria de una solución: es decir, aceptamos falsamente la pérdida, pero nos convencemos de que puede haber una salida (porque es la única cosa que encontramos que nos da esperanza). Digo que la aceptación es falsa porque le damos al duelo la razón como a los locos: vale, bien, ha ocurrido, ya está. Pues no, no está. La aceptación real lleva tiempo e implica abrazar el dolor, asimilar el vacío que nos han dejado y estar dispuesto a llevárnoslo con nosotros el resto de nuestra vida.

La negociación es una triquiñuela de nuestra mente, porque los mecanismos de autodefensa se activan solos. Por eso olvidamos lo que no nos interesa recordar. Por eso nos evadimos cuando lo que nos rodea no es de nuestro agrado. Por eso nos bloqueamos ante una experiencia extrema. El cerebro se protege como los bichos bola. El cerebro emocional, claro. La negociación es el rodeo que damos para no arrostrar el obstáculo en medio del camino. Rodeo inútil, porque al final nos damos cuenta de que, efectivamente, no sirve para nada y no queda otra que pasar por el amargo trago de asumir lo que nos duele. Esa travesía es la cuarta etapa: la depresión.

Menos mal que tenemos córtex. Las emociones son más rápidas, sí, pero de no tener un lugar donde procesarlas, no haríamos otra cosa que sufrir y hacer sufrir, porque ninguna emoción que no esté mínimamente controlada lleva a nada bueno. Ni siquiera las más positivas. De estas últimas, las hay que no quiero verbalizar. Me veo entre las fases dos y tres por momentos y pienso que a quién quiero engañar, porque a la tía del espejo es imposible. A veces, incluso salto a la uno, diciéndome que no, que no puede ser, que no tiene sentido.

Tenía la excusa de estar lidiando otra batalla. Pero la alegría de ayer la resolvía y me dejaba sin argumentos para continuar posponiendo un duelo que, como todos, ha llegado de sopetón y dejará hondas marcas en un lugar que llevaba mucho tiempo deshabitado. Porque, como decía un poco más arriba, pérdidas las hay de muchas clases. Incluida la de no haber tenido nunca la opción de ganar nada.

© Vicente Ruiz, 2022

Los cuerpos celestes en la atmósfera

El sol atravesaba el espacio entre los listones de la persiana. Eran flechas de luz. Rebeca las contemplaba desde la cama, acurrucada entre los almohadones, tapada con el nórdico casi hasta los ojos. Podía ver las partículas revoloteando, haciéndose visibles, justo en la línea luminosa. Percibió entonces el tictac del reloj de la cocina, casi como un anuncio de las campanadas que echarían a volar en pocos minutos desde lo alto de la torre de la iglesia del barrio. Iban a dar las nueve. Domingo.

Sin salirse del área que ocupaba su cuerpo, para continuar refugiada en su propio calor corporal preso en las sábanas, se giró hacia la mesita de noche. Desconectó el móvil del cable del cargador y abrió el WhatsApp. Repasó la conversación de la noche anterior.

«Entonces qué quieres que haga?»

«Que rechace esta oportunidad?»

«No»

«Quiero que todo alrededor sea tan fácil como lo es entre tú y yo»

«Ya, pero es que esto ha salido allí, no aquí»

«No tiene por qué ser un impedimento»

«Sabes que acabará siéndolo»

«Pues lo dejo??»

«No, cariño»

«No te estoy pidiendo nada de eso, sólo que me comprendas»

«Quiero que seas feliz y aproveches esto»

«Podemos superarlo»

«Nos vemos mañana y lo hablamos, porfa»

«No sé cómo solucionarlo»

«Pero sí sé que te quiero muchísimo»

«Y yo a ti»

«Hasta mañana»

Cerró el WhatsApp y volvió a dejar el móvil en la mesita. Se giró de nuevo, dándole la espalda a aquella conversación. Le había salido un trabajo en Barcelona que olía a prosperidad, a estabilidad, a permanencia. Lo merecía, se lo había ganado a pulso, era lo que siempre quiso. Rebeca lo sabía y era feliz por la persona que ocupaba su corazón. Podía dejarlo todo e irse ella también a Barcelona. Pero en su fuero interno sabía que la desdicha se había instalado ya ahí, en medio de todo.

Tragó el nudo que se le puso en la garganta. La yema de uno de sus dedos interceptó el recorrido de la única lágrima que había aflorado a sus ojos. Se revolvió, quedándose boca arriba, mirando el techo, intentando no pensar en nada. Respiró hondo varias veces seguidas, en un vano esfuerzo por liberar el peso que le oprimía el pecho. Tañeron al fin las campanas.

Vertió agua en la parte de abajo, justo hasta el tornillo. Abrió la despensa y sacó el bote del café molido. Rellenó el depósito encajado sobre el agua y enroscó la parte de arriba. Encendió el fogón más pequeño de la cocina y colocó encima la cafetera romana. Dejó el bote del café molido en su sitio y cogió del estante inferior la bolsa de pan de molde. Metió dos rebanadas en la tostadora y bajó la palanca. Guardó el pan, cerró la despensa y abrió el frigo, de donde tomó un aguacate y el envase del jamón dulce. Saltaron las tostadas, borboteó el café y Rebeca se entregó a un placentero desayuno.

Más tarde, bajo el agua caliente de la ducha, pensaba en el discurso con que daría forma a sus sentimientos respecto de los cambios que se avecinaban. No sería fácil. Pero había que estar a la altura del amor que les unía. Es de lo que se olvida la mayoría de las parejas.

Se subió la cremallera de la parka hasta el pañuelo que le envolvía el cuello. Con la voz de Pucho resonando por los auriculares en sus oídos («Se apaga el carrusel, deséame suerte»), dirigió sus pasos hacia la parada de autobús. No tardó en venir. No tardó en llegar. No tardó en ver a su amor con las manos en los bolsillos de su abrigo, aguardándola en medio de la plaza.

En sus ojos resplandecía una pátina acuosa, intensificada por el sol, que le empequeñecía las pupilas, dándole así más campo al brote de colores pardos que adornaban aquella mirada otoñal, tierna y profunda, que siempre le hacía sentirse a salvo de todo, en su hogar, al abrigo del frío, su fuego en medio de la oscuridad.

No fue fácil. Pero quería estar a la altura del amor que les unía. Es de lo que se olvida la mayoría de las parejas: el respeto a ese amor. Un amor puro y honesto que habían logrado mantener y salvaguardar. Era demasiado sencillo romper su halo protector. Sólo una cuestión de egoísmo. Así de simple. «Que te vayas es egoísta por tu parte; que te quedes, lo es por la mía; seguir a toda costa, lo es por la nuestra», le había dicho. Si había que elegir entre sacrificar la relación o aquel amor inmenso que no había sentido antes en la vida, ella lo tenía claro. El egoísmo lo enturbiaría, terminaría con su pureza. No lo permitiría. Había que estar a la altura de su amor.

No respondió inmediatamente. La tristeza dejó una pincelada en su sonrisa, pero no asomó la lluvia por sus ojos, soleados como aquella mañana de octubre. Le tomó las manos, que apretó con calidez y suavidad. Asintió con la cabeza. «Entonces, puede que nuestro amor, honesto y profundo, nos vuelva a unir mañana». Rebeca sonrió dejando que las lágrimas brotaran libres. Se soltaron las manos para abrazarse despacio, cerrando los ojos, inhalándose mutuamente los aromas, acompasándose en los latidos.

Se despidieron. Y en su camino de vuelta a casa, Rebeca sintió cómo la pena, el miedo y cualquier otra cosa mala que pudiera surgir rebotaban contra la pantalla que envolvía a su amor, como rebotan los cuerpos celestes en la atmósfera. Y supo que, al fin y al cabo, ningún fracaso ensombrecería el éxito de haberle respetado al amor su integridad.

© Vicente Ruiz, 2020