Supervivencia

No era una guitarra buena. El cuerpo era de contrachapado, lo que hacía que sonase a lata de conservas. Pero llevaba con ella más de un cuarto de siglo. No era una guitarra buena, pero era una buena guitarra, una compañera de batalla a la altura de la tarea de pico y pala en que consiste armar una canción nueva. Y se abrazaba a sus curvas con el calor con que se abrazaba a su hermana pequeña, al perro fiel que esperaba tras la puerta cuando regresaba a casa, al sofá desvencijado donde tantas veces se había quedado dormida.

Olivia continuaba teniendo aquel sofá por la misma razón por la que aún conservaba la guitarra. Lo usaba a modo de amuleto, era su diván de terapia, el lugar donde hacía sonar a su compañera y se abría en canal. Estaba en un habitáculo de la casa perfectamente insonorizado y con paredes lo suficientemente acolchadas como para absorber cualquier sonido que no debiera registrar el micro. Allí, en un rincón, Olivia volvía a ser quien siempre había sido, una chica de barrio obrero, que había pasado media juventud ayudando en el bar de sus padres, aunque ahora grabase discos y viviese de dar conciertos.

Se acarició las yemas de los dedos de su mano izquierda. No sintió el tacto. Las cuerdas se le habían clavado hasta levantar ampollas, incluso cortar la piel. Era el precio de tocar, que no dejaba de ser una metáfora de la vida. Y a estas alturas de la suya, la mayoría de los callos los llevaba en lugares invisibles, pero sensibles. Todavía.

Mientras punteaba sobre acordes aleatorios, normalmente combinaciones estándar aparecidas en multitud de canciones de todos los tiempos, daba vueltas a sus emociones. En una mesita próxima, una libreta medio destripada y repleta de letras con tachones yacía a la espera. Hay sentimientos universales por los que todo el mundo pasa. Se han escrito millares de historias sobre ellos. La cuestión era contar lo mismo de manera que nadie lo hubiese hecho antes. Agarró la libreta y un lápiz, y escribió:

Pedacitos de mí flotan a tu alrededor,

como las mariposas atraídas por la luz

Colocó los dedos sobre los trastes buscando los acordes. Rasgó a diferentes ritmos y tempos, hasta ver cuál le cuadraba mejor. Cantó la melodía que le había ido sonando en la cabeza. No tenía un método claro. Como buena autodidacta, improvisaba dependiendo del día, según ya tuviera algo rondándole por dentro, o si, por el contrario, partía de la nada más absoluta. No era el caso. Olivia estaba en proceso de decirle adiós a alguien que tampoco le había correspondido. La medicina de la música sólo era efectiva como último paso, era su modo de cerrar las heridas.

Pedacitos de ti crecen en mi interior,

como un virus bueno que sólo has creado tú

No era una canción de desamor. No hay palabra más absurda que ésa: desamor. No se puede desamar. Una vez amas, todo cambia, dentro y fuera. No se puede volver a lo de antes. Así que no, era una canción de amor. Puede que de amor no correspondido, de amor perdido, de amor desaprovechado. Pero de amor.

Intento no acabar hundida

en la convalecencia,

pero ante tu indiferencia

necesito planes de supervivencia…

Olivia se levantaba cada mañana con la salida del sol. No se ponía alarmas, simplemente había desprovisto su casa de persianas que le privaran de la luz natural. Atrás habían quedado los años de ave nocturna en que aprovechaba la oscuridad para la creación y los vuelos de su espíritu libre. Ahora cumplía puntualmente con una rutina de autocuidados que se extendía, más allá de su propio ser, a su hogar y a Cronos, el pastor alemán que le acompañaba en la vida.

Pedacitos de ti adueñándose de mí,

como los soldados de un ejército imperial.

Cuanto más quiero sacarle de mi alma más se me resiste, pensó mientras garabateaba los versos con letra de médico y muchas ganas de soltar el bolígrafo. Sabía que verbalizarlo era necesario, pero punzaba dentro y, a veces, sólo quería alejarse de todo aquello, huir hacia adelante sin afrontarlo, como los cobardes. Pero Olivia no era así. Ella era valiente.

Pedacitos de mí alejándose de ti,

como un sueño imposible que jamás será real.

Recordó aquella canción de Zahara: no quiero hablar de ti, no quiero hablar de ti, cantaba. Cómo no se habla de alguien que ha pasado por tu casa como un huracán, llenándola de presencias, fragancias y experiencias, para irse luego con el mismo ímpetu. Ahora sólo quedaba el vacío: las cortinas jironadas, el silencio y los jarrones rotos. Quizá fuera posible, no desde la resistencia, sino desde la resignación.

Intento seguir con mi vida

lidiando con tu ausencia,

pero ante mi insistencia

necesito planes de supervivencia.

Sus colegas le llamaban Canarias, porque siempre pillaba las gracias o los chistes tarde. Olivia se reía de sí misma con su pandilla porque el humor era lo único que lo salvaba todo. Reírse de las miserias, de los palos, de la mala suerte, era la mejor tapa para las cervezas que se tomaban juntos. El humor la salvaba a ella: se me da igual de bien el amor que comer ramen con palillos: el ramen volcado sobre la mesa, el caldo salpicado sobre mí y los palillos volando por el aire, decía. Vamos, que al final acabo pringada y sin comerme nada, provocaba las risas de su gente.

Pedacitos de nosotros

remendando nuestros corazones rotos…

Aquí llegaba el puente: una pequeña modulación precedida por coros de voces superpuestas y añadiendo el toque de las palmas a la percusión, en general, bastante austera, porque quería que fuera una canción pequeña, aunque no demasiado intimista. En su cabeza tenía clara la maqueta. El resultado final sería cosa de Amaro, su productor.

Intento sanar mis heridas

y tomarlo con paciencia,

pero ante mi inocencia

necesito planes de supervivencia…

Supervivencia. Mordisqueó reflexiva la caperuza del bolígrafo, que ya estaba deshilachada de tanto zarandeo interdental. Se dio cuenta de que no había anotado ni un solo acorde. Volvió a tocarla, tarareando la letra en un susurro apenas audible. Daba igual, aunque no se escuchara a sí misma pronunciarla, le dolía de todos modos. Supervivencia. Sería el título. Y cuándo le tocaría vivir, en lugar de sobrevivir. Tal vez ella tuviera que andar otro camino distinto al de todos.

Pedacitos de ti…

Pedacitos de mí…

Sintió la garganta oprimida por unas ganas de gritar y de llorar, todo junto y a la vez, pero en lugar de eso se levantó y dejó la guitarra en su soporte. Después miró fijamente a Cronos, que desde su colchoneta seguía todos los movimientos de Olivia.

—¿Vamos?

El perro se incorporó rápidamente, gimiendo de alegría, y se dirigió hacia la puerta, donde se quedó moviendo el rabo. Ojalá todo fuera tan fácil como esto, pensó Olivia.

El camino hasta la playa era agradable. Le envolvía la maresía mezclada con el aroma al lentisco que salpicaba el paisaje arenoso de la dehesa. El oleaje ponía la música a todo aquello, una música, pensaba, mucho mejor que la suya. Soltó el collar del animal para que corriese a placer y se quedó contemplando el cielo anaranjado en la línea del horizonte, en claro contraste con el azul argentado del mar.

Supervivencia. Sería el primer single del nuevo disco. Sigo viva, se dijo.

Sigo.

Y vivo.

© Vicente Ruiz, 2023

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