Frío

Abrazó la taza humeante con las manos, encogida sobre el aroma a café que desprendía, mientras masticaba con deleite la pata del cruasán que se había comprado en el horno aquella mañana. Los dedos recuperaron la sensibilidad perdida por el repentino frío de la sierra. Aupó el recipiente y se lo llevó a los labios, siendo entonces la punta de la nariz la que regresaba a la vida. No estaba hecha para el frío, estaba claro.

Los otoños mediterráneos eran suaves (como todo en el Mediterráneo, como el Mediterráneo mismo) y más bien cálidos hasta la llegada del último mes del año. Así y todo, se sentía bien en aquel hogar donde llevaba ya un año, que era mucho más pequeño, pero era suyo. No había sido fácil. Nada lo había sido. Pero, en compensación, la satisfacción era plena. Miró por la ventana los árboles deshojarse con la ayuda del viento, como desviste un amante a otro antes de una noche de ternura.

Se preguntó cómo habría sido una noche así con ella. Pero tan pronto como se le apareció el interrogante, descartó buscarle una respuesta inútil y absurda, por irreal. O por desreal. Porque, al fin y al cabo, lo irreal existe, aunque no se corresponda con lo real. Lo desreal no existe. Y así había terminado todo, con la inexistencia más absoluta.

El café se deslizaba por su lengua como un beso tierno y acogedor. ¿Acogedor? ¿Podían ser los besos acogedores? Pensó que sí, que claro, si no, menuda decepción, un beso frío y distante, un beso que no abriese los brazos a la boca deseada y le dijese: «Siéntete en casa». Se disoció tanto en un beso imaginario que, de la forma más tonta, se mordió el labio superior y se llevó con los dientes la costra del herpes que ya había secado. Notó el sabor salado de la sangre al pasarse la punta de la lengua por la herida.

Quizá lo más puñetero de las heridas era el ansia viva que le entraba hasta que cicatrizaban. No podía ser más contradictoria: a lo mejor, le supuraba durante meses y no corría prisa, porque el proceso tenía su ritmo y debía durar lo que debiera; pero una vez la sangre manaba limpia, roja y pura sin ningún tipo de duda, tenía que cerrar ipso facto. ¿Qué era eso de la costra? ¿Qué necesidad había? Que cierre, que cicatrice ya, hombre, por favor, si ya está todo bien. Se relamía la sangre del herpes reseco rindiéndose a la evidencia: estaría bien cuando no hubiera sangre que relamerse.

A medida que las manos fueron tomando temperatura, el café fue perdiéndola paulatinamente. Fue algo que aprendió de su hermana: el frío ni viene ni va, es el calor el que se mueve. No entra el frío si abres la ventana en invierno, es el calor el que se escapa. Y el que no, se reconcentra. Por eso no apartó las manos de la taza. Al final todo va de lo mismo: retroalimentación. O de ese modo se lo explicaba a sí misma su mente de letras.

La gata dio un salto hasta la bandeja de su rascador, desde la que oteaba mejor ventana a través. Los pájaros le llamaban poderosamente la atención. Con la taza agarrada entre las manos, como si fuera una beata sosteniendo el rosario en misa, se encaminó hacia el escritorio, donde el portátil le aguardaba encendido. Un documento de Word refulgía toda su blancura. Qué horror, pensó. Tenía que entregar un cuento en poco más de 72 horas y no le salía nada. Nada. Lo que venía siendo la Nada de Fantasía de La historia interminable. Resopló.

Escribir era, más que una profesión, una tortura. Bueno, profesión para quien la considerara como tal. Le vinieron entonces a la cabeza sus padres, que se habían quedado allí, diciéndole a todo el mundo que se había venido a trabajar como profesora de literatura en unos másteres de la universidad. Soltaban eso a sus amigos, vecinos, conocidos… Incluso a gente que ni fu ni fa. Y se quedaban tan panchos. ¿Tú no tienes titulación para ser profesora? Sí, pues entonces ya está, la gente no tiene por qué saber que te dedicas a eso de escribir en revistas y no sé qué más. No sé qué más había consistido en una serie de novelas juveniles de relativo éxito en su tierra, en su lengua materna, pero qué sabría ella sobre a qué se dedicaba realmente. Le entraba una picazón cuando caía en el relato que se habían inventado sus padres sobre su vida en la gran ciudad, una ficción propia en la que ni ella se reconocía ni de la que quería saber nada. Era como si hablasen de otra hija que ella no tenía el gusto de conocer. Para qué vamos a ir diciendo que te dedicas a buscarte la vida escribiendo cosas, si nadie las va a leer, se justificaban. Era esa vergüenza la que hacía que no quisiera ir a verlos más a menudo.

Se rascó la pantorrilla. Detectó que tenía un calcetín más bajo que el otro y fue a subírselo. Eran los calcetines de las piruletas que le había regalado por su cumpleaños. No había día que no pensara en ella y eso le apenaba durante unos segundos, hasta que volvía a concentrarse en otra cosa y seguía adelante con su vida. La vida siempre sigue adelante, no como en el videoclip aquel de The Scientist, de Coldplay. Sin embargo, los calcetines le hacían ir hacia atrás, aunque fuera instantáneamente.

La gata saltó del rascador al suelo, maulló y luego volvió a saltar, esta vez, sobre su regazo, donde le masajeó con las patas delanteras y giró sobre sí misma un par de veces hasta quedar hecha un donut ronroneante allí mismo. Sintió envidia por ella. Ni tenía frío, ni preocupaciones, ni dolores, ni heridas, ni el corazón roto. Al menos, que ella supiera. Sonrió al contemplarla tan calmada sobre sus piernas, segura y confiada. Y pensó que tal vez eso mismo fuera lo contrario al frío; estar lejos de lo que no le gustaba, de lo que le había herido, de lo que le incomodaba y, al mismo tiempo, al resguardo en todos esos pequeños refugios que se había ido creando: una taza humeante, un oficio duro, como todos, pero bonito, o el cariño de un animal que parecía entenderla mejor que ningún humano.

Soltó la taza para agarrar a la gata en brazos y se levantó de nuevo. Junto a la ventana observó la serena danza entre las hojas de los árboles y el viento. Más allá se arremolinaban las nubes grises y una lluvia incipiente anunciaba otra tarde otoñal donde el gris y la gama de marrones volviesen a combinar en armonía. La gata maulló agudo.

—¿Tienes frío?

El animal le respondió con otro maullido, igual de agudo, pero mucho más breve.

—Yo tampoco.

Bajó la persiana, encendió la lámpara, dejó que la gata volviera a acomodarse sobre su regazo, bebió otro sorbo de café y comenzó a escribir.

© Vicente Ruiz, 2022

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