Un armario

Por definición medieval, es el mueble donde se guardaban las armas, aunque etimológicamente se refiere al lugar que contenía lo artificial (ars), lo fabricado, el utillaje de una casa, vaya. Así, cuando se nos viene a la mente la idea de armario, la concretamos, me atrevería a decir que de primeras, con el que tiene casi todo el mundo en su dormitorio y que suele guardar la ropa de temporada y la del hogar. También hay armarios en la cocina, como puede igualmente disponerse de ellos en el salón o el baño. El armario guarda un contenido específico, protegiéndolo y, al mismo tiempo, manteniéndolo oculto al resto del universo.

Quizá por eso se le llama armario a ese espacio, que no por no estar, tangible y materialmente, delimitado por paredes y puertas, deja de encerrar, en este caso, deseos y sentires, convirtiéndolo más bien en un almario, un sitio donde se amontonan las almas de quienes se atraen y se aman de modo distinto a la imposición judeocristiana y, por ello, deben mantenerse ocultos a los ojos de la humanidad.

Dice Yuval Noah Harari en su «Sapiens» que quienes cargan contra la homosexualidad con el argumento de que es antinatural caen en falacia, pues sólo es aceptable desde el punto de vista teológico (que de natural no tiene nada). La biología es cambio y adaptación: la boca seguramente se desarrolló para poder proporcionar alimento al cuerpo, pero evolucionó y también acabó usándose para besar. Si nos atuviésemos a lo que era natural al principio de los tiempos, seguiríamos siendo nómadas, cazadores, recolectores y no existirían el tinte o la depilación láser, porque lo natural sería llevar los pelos del cuerpo tal cual son donde salgan. Lo natural no es lo que dictamina una institución que proclama una fe; lo natural no es anular a quien, naturalmente, porque le nace de dentro y es leal a sus emociones, tontea, besa, se acuesta, se enamora y/o convive con alguien de su mismo sexo; lo natural no es tener que aguantar el chascarillo de siempre al estilo «a mí me da igual, mientras no me salpique», como si la homosexualidad fuese algo de lo que vacunarse; y, desde luego, lo natural no es vivir encerrado en ningún armario, esperando que llegue el momento de sentir la suficiente seguridad como para decirle al mundo qué se es, porque en el fondo existe el temor de no ser aceptado.

Es mucho mejor crear una realidad donde se dejen abiertos los almarios de par en par hasta que se queden vacíos y ya nadie tenga que salir de allí dentro porque no existirá dentro y fuera: será todo el mismo espacio y en él cabremos por igual, y no habrá miedo, ni vergüenza o decepción si de pronto a alguien le sorprende la vida. O eso creo convencida como nunca, tal vez porque jamás estuve dentro de uno y, por tanto, no me siento saliendo de ningún lado cuando digo que he amado a una mujer como antes amé a hombres. Y que si soy valiente o me siento orgullosa, no es porque haya sido a una mujer, sino porque he amado profundamente, con honestidad y sin límites, de la única forma que sé, cuando amar profundamente, con honestidad y sin límites nunca fue garantía de ser amada igualmente.

A mis amigas, que me han abierto los brazos aún más.

© Vicente Ruiz, 2022

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