Residuos o De los últimos estertores

No lo entiende. O no lo quiere entender. Que me da igual lo que haga con su vida. Que me perdió el 19 de agosto, cuando interrumpió, egoístamente, mi duelo para decirme que era el fantasma de A Ghost Story, que no podía pasar página, que me escribía cada día un email, aunque nunca llegara a enviarlo y se quedara en la bandeja de borradores. Tengo capturas de esa conversación. Me perdió cuando me obligó a volver a la casilla de salida en un proceso duro y doloroso, y por ello le pedí el 22 una conversación cara a cara para que me dijese la puta verdad. Siempre lo habíamos hablado todo. Pero aquella vez no respondió. Me dejó, una vez más, desamparada.

No lo entiende. Que, más que el abandono, el olvido o la decepción del desengaño, lo que me duele es la falta de respeto, la deshonra, a mí, a lo que fui para ella, a los hechos, a la realidad de lo que hubo; que las mentiras que le ha contado a su pareja de mí se basen, no en la transformación, sino en la destrucción de la verdad: que me amó y quiso una vida conmigo, aunque fuese fugazmente, o aunque su cobardía y su miedo a cortar lazos de media vida pesaran más, o yo qué sé, porque al final me he quedado dudando de todo.

No lo entiende. No lo quiere entender. Muy al contrario de lo que me pasa a mí, que no lo puedo entender, porque es incomprensible tanta incongruencia. Y aquí estoy, tres meses después, rota, sufriendo que me venga su mirada o su sonrisa a la mente para tener que echarla a patadas de allí, temiendo encontrármela por la calle y, al mismo tiempo, lamentando que eso sea así mismo: estar rota, sufrir, lamentarme y temer, todo por su apego a una vida erigida sobre el engaño, los que se han profesado ambas, que igual es de lo que se trata y aún tiene que empatar.

—Eso no te ha de incumbir.

Lo sé. Era por zaherir. Le he dado igual. No le he importado lo más mínimo. Déjame que saque la rabia.

—Mira, para esto sólo hacen falta dos cosas: actitud y tiempo. La actitud la tienes. Con tus momentos de flaqueza, comprensibles, porque está todo reciente. Sólo necesitas tiempo.

Al menos ya no me busca, ya no me lee. Ya era hora. He tenido que ser cruel para hacer que se liberara de mí. Si es lo que quería, ahora lo tendrá más fácil.

—Eso tampoco te ha de preocupar ya.

Hay cosas inevitables. 

—Actitud: evítalas. El tiempo lo irá poniendo más fácil. ¿Ya te has pedido perdón?

Sí.

—¿Y te has perdonado?

Me digo que no hay nada que perdonar.

—Pues no es así. Te han tratado mal. Estás dolida con razón. Tienes motivos para no perdonar a quien te ha hecho tanto daño. Pero nunca, nunca para no perdonarte a ti. No te planteaste lo poco adecuado que era. No supiste protegerte al esperar algo que nunca sucedió y que, en el fondo, sabías que nunca sucedería. No pudiste procesarlo todo a la vez. Tu dolor no es culpa tuya, como no lo es una enfermedad para el enfermo; pero si uno enferma, se medica, se cuida, hace lo que sea para recuperarse. Tú lo estás haciendo ahora. Perdónate no haber empezado a hacerlo antes.

¿Qué más da? 

—Da. Perdónate. Perdónate a ti misma. Libérate de esa carga. No te corresponde más. Te perdonas a ti porque no supiste, no pudiste o no quisiste lucharlo. Pero no por las decisiones de mierda de los demás. No te hables mal, perdónate. La gente es egoísta. La gente es imbécil. La gente se cree que sus actos no acarrean consecuencias. Pero es problema de ellos. Y la vida es larguísima. Ya lo pagarán. Ya se darán cuenta de qué ha pasado aquí. O no, porque para vivir de cara a la verdad hay que ser valiente y, por lo que cuentas, se ve la cobardía rezumar desde lejos. Pero a ti debe darte lo mismo. Tú perdónate lo que dependió de ti. Y suelta. Suelta lo que no es tu responsabilidad. No fue culpa tuya.

Es que le daría un bofetón.

—Bueno, el email que le mandaste quedándote a gusto, yo diría que fue un puñetazo en todos los morros.

Pues aún así.

—Perdónate. Suelta y perdónate. 

Me perdono.

—Date los motivos. Di: «Me perdono por…». Dilo.

Me pido perdón porque dije que yo no bastaba. Y me perdono porque no es así. Soy más que suficiente. Soy más de lo que he sido nunca. Y soy mejor ahora que antes. Me pido perdón porque me quise poner por debajo y me perdono porque estoy a mayor altura que todo esto. Me pido perdón por haber estado necesitando sacar todo el pus que me ha generado, que tengo a algunas amigas hasta las narices. Y me perdono porque me lo he permitido: expectorar y escupir hasta limpiarme. Ahora que ya va quedando menos, respiro mejor. 

—Bien.

Odio las mentiras.

—No te mientas tú. No mientas tú. Eso es todo lo que puedes hacer. Las mentiras de los demás son su problema. Es su vida la que se construye sobre suelo endeble y quebradizo. El tuyo es de hormigón. Cuida el tuyo.

Vale.

—¿Algo más?

Creo que no.

—Y si lo hay…

Suelto.

—Suelta.

Debería de limpiarte. 

—Bueno, tengo alguna huellecita y unas gotitas de pasta de dientes. Tampoco es para tanto.

Mañana voy a por limpiaespejos y te paso un trapito.

—Gracias.

A ti. Siempre a ti.

© Vicente Ruiz, 2022

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