París (3): Île de la Cité

(Segunda parte, aquí).

En el vértice más agudo del isósceles que dibuja la Place Dauphine se encontraba una modelo frente a un set de fotografía. El fotógrafo se disponía a disparar después de haber hallado el ángulo contrapicado adecuado para mostrar, tras la joven, un escenario urbano que se abría en el horizonte como si fuera una capa de superheroína. Intentando no torpedear la sesión de fotos, crucé la plaza triangular siguiendo mi costumbre de mirar hacia arriba y me encontré el mural de un gato, en lo alto de uno de los edificios, entre las chimeneas y las ventanas de una buhardilla. Sonreí y continué mi camino por la isla.

Gran parte de ésta la cubre el Palacio de Justicia, construido sobre el otrora Palacio Real de San Luis. Este Luis, que antes de santo fue rey, Luis IX, dejó su impronta en las instalaciones del castillo con una de las joyas arquitectónicas más bellas del mundo. La historia empieza con la vuelta de una de las Cruzadas en que participó, de donde se trajo las reliquias de Cristo, corona de espinas incluida. Durante un tiempo estuvieron custodiadas en el interior de Notre-Dame; pero el rey se cansó un día de tener que recorrer la distancia que había entre el palacio y el templo cada vez que quisiera contemplarlas. Así que mandó construir la Sainte-Chapelle dentro de la fortaleza, en el tiempo récord de seis años. La capilla, maravilla del gótico, no tiene muros: en su lugar, las vidrieras iluminan de colores la estancia, mientras nos hablan de diferentes libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como de la vida y pasión de Cristo y del Apocalipsis.

A la salida del Palacio de Justicia, justo en la esquina antes del Pont au Change, la Tour d’Horloge (la torre del reloj) nos recuerda a otro rey, Carlos V, que fue quien mandó construir este primer reloj público de París; el primero, al menos, mecánico, porque relojes solares ya había (aunque lo que no hay mucho por estas latitudes es sol, precisamente). Desde dicho puente, impacta la visión del exterior del recinto, reforzado por torreones con tejados cónicos, dando así la impresión de robustez y, al mismo tiempo, grandiosidad. No acierto a imaginar cómo sería la vida en aquellas estancias siglos atrás, en contraposición a la de la mayoría de la población entonces, campesina y pobre, que sí me resulta más próxima.

En la popa de ese barco imaginario que es la Île de la Cité, la gran señora, Nuestra Dama, se alza colosal. Uno podría quedarse observando cada relieve, cada figura, cada arco, cada columna, cada gárgola, sin ser consciente del paso de las horas, del cambio de color del cielo, del ir y venir de los turistas a su alrededor. Notre-Dame es como un amor platónico al que no puedes dejar de mirar; aunque le des la espalda para alejarte hacia otro lugar, es inevitable hacerlo sin dejar de girar la cabeza para volver a verla una vez más. Fue lo que hice yo entonces, a pesar de que sabía que volvería a estar frente a ella antes de marcharme de París.

Al otro extremo del Boulevard du Palais, el Pont Saint-Michel me llevaba a la plaza de mismo nombre, donde se levanta la fuente, también homónima, que me daba la bienvenida al Barrio Latino. Pero antes de tomar ninguna dirección, me senté un momento a descansar. Mientras me liaba un cigarro, vi varios grupos de turistas reuniéndose bajo paraguas de colores chillones que seguramente empezaban sus rutas justo ahí. Eran las doce del mediodía y qué mejor lugar de encuentro que la fuente de Saint-Michel. Los vi partir al término de mi pitillo. Me acerqué a una tienda de sándwiches y con el primer bocado encaminé mis pasos hacia el Quartier Latin…

(Cuarta parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018

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París (2): Les Halles

(Primera parte, aquí).

El sonido de las gaviotas, volando de tejado en tejado, y el aire repentino con que me azotaba el paso rápido de los niños sobre los patinetes, camino de sus colegios, me acompañaron hasta el Hôtel de Ville, el ayuntamiento, que, tras el incendio provocado en tiempos de la Comuna de París, fue reconstruido en la segunda mitad del siglo XIX a modo y semejanza de casi todo en esta ciudad: palaciego, majestuoso. Descomunal.

Desde la Rue du Renard, decidí acercarme al barrio de Les Halles adentrándome primero por la Place Georges Pompidou, donde el arte moderno descansa entre el Centro Pompidou, la fuente Igor Stravinski y un graffitti de alguien muy parecido a Dalí pidiendo silencio, todo ello junto a la gótica iglesia de Saint-Merri, la pequeña Notre-Dame. A aquellas horas los camiones descargaban mercancías junto a los cafés del barrio y los grupos de escolares organizaban sus filas para entrar al centro de arte. Las mañanas laborables son iguales en todas las ciudades, pensé recordando los amaneceres valencianos en la calle don Juan de Austria o en la plaza de la Virgen.

Callejeaba cruzando el Boulevard de Sébastopol, la Rue de Saint-Denis, hasta salir a Les Halles, procurando grabarme en la memoria sensorial cuanto veía, olía y sentía. Miraba de reojo mi reflejo en los escaparates de las boutiques, mientras aplacaba las ganas de volver a sentarme en otro café, tratando de ignorar el hipnotizante aroma de la bollería francesa que salía a la calle para engatusar a los viandantes. Atravesé la Place Joachim du Bellay, donde la Fuente de los Inocentes se alzaba seca de agua (como casi todas las fuentes que me fui encontrando al paso aquellos días), y salí de nuevo a Rivoli, congestionado debido a la hora punta, a la ubicación céntrica de la vía y a las obras que se estaban llevando a cabo en ella; y crucé en busca del río Sena y del Pont Neuf.

La mañana era fría, pero clara. Apenas unas nubes casi transparentes decoraban el cielo, cada vez más celeste a medida que el sol subía y el amanecer quedaba atrás. Me detuve todo el tiempo que quise y necesité antes de atravesar el puente. Por allí pasaba siglos atrás Enrique IV, le bon roi, hacia su picadero particular para encontrarse con la amante de turno, consciente de que todo el mundo, incluida su esposa, sabía de sus adulterios. Aquel buen rey, que se ganó dicho adjetivo por hacer que hubiera un pollo en las ollas de todos los campesinos todos los domingos, también dio origen al concepto de viejo verde, al ser éste el color con que solía vestir cuando cruzaba el puente, rumbo a la casita que había donde hoy se levanta una estatua ecuestre en su honor, en el Parc du Vert-Galant.

Allí, en la proa de la Île de la Cité, en la proa, digo, porque la isla parece un barco varado a orillas del Sena junto a la fuente de Saint-Michel, también seca; allí, decía, opté por adentrarme hacia la Place Dauphine. Pero antes de eso me tomé un tiempo; un tiempo para reposar el desayuno, las escenas de la vida parisina que había visto en Le Marais, en Les Halles y en la Rue Rivoli. Miraba al cielo y al mismo tiempo la superficie del río, sobre la que ya paseaban los cruceros, llenos de turistas, que transitaban aquella arteria acuosa que dividía París en dos y que permitía llegar a ella desde otra perspectiva, quizá más rápida, pero para mí menos auténtica. Las ciudades, desde la distancia, sólo se admiran; para conocerlas, hay que caminarlas.

Entre dos manojos de los candados que un día adornaron el Pont des Arts y que ahora formaban ramilletes de pétalos de hierro a lo largo de los petriles y las barandas del Sena, me sonreí pensando que harían falta muchos caminares para que París me admitiera entre sus conocidos. Pero pese a ello, me disponía a presentar mi candidatura. Y sin más, encaminé mis pasos hacia el corazón de la isla…

(Tercera parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018

París (1): Le Marais

La marisma. A medida que recorría el Boulevard Beaumarchais, mientras el cielo clareaba y París entera se desperezaba, se me hacía más y más difícil imaginar que aquella zona fuera en algún momento del pasado un pantano. Los edificios se alzaban a mi paso majestuosos y monumentales. ¿Cómo podían estar cimentados sobre una zona húmeda?

Por lo visto, este territorio se desecó y se destinó al cultivo hasta que se instaló en él la nobleza (que una vez encendida la mecha revolucionaria tuvo que salir de allí). Sus edificaciones, como casi todas en los distritos centrales de París, presentan unas características comunes que responden a la reforma que llevó a cabo Haussmann bajo la lupa de Napoleón III. Pero en esa primera mañana de mi viaje, las contemplaba con la admiración que despierta la elegancia del urbanismo parisino, al tiempo que me acercaba al escenario que marcó un antes y un después en la Historia del mundo. En la plaza de la Bastilla, donde se erige desde 1840 la Columna de Julio en conmemoración de la revolución de 1830, inicié mi paseo por Le Marais.

La judería de París me dejó dos improntas sensoriales inesperadas, que sirven como un primer boceto del flechazo que sentí por esta ciudad. Y es que, al avanzar por la Rue Birague, dejando atrás hoteles señoriales y lujosos, con patios interiores cubiertos de enredaderas rojizas, pardas y verdes, tuve una visión que me acompañaría a lo largo de todo el viaje: la amplia y variada gama de colores otoñales con que se visten los árboles en noviembre. Cuando atravesé el pasaje de acceso a la Place des Vosges y me topé con el parque que la adorna, lleno de árboles con copas doradas y el suelo cubierto de hojas secas, noté cómo germinaba el amor por París. El verdadero motivo por el que fui hasta allí era contemplar la maison de Víctor Hugo, cuya obra cumbre, «Los miserables», me marcó cuando la leí hace ya unos años. Pero de rebote, tuve el regalo de llevarme en la retina varias imágenes de aquel parque enmarcado en un cuadrado perfecto, rodeado de casas construidas de ladrillo rojo y coronadas con tejados de pizarra.

Lo segundo que me enamoró de Le Marais y, por extensión, de París fue el olor. El aroma a croissants, brioches y macarons me siguió a lo largo de la Rue des Francs Bourgeois, se adentró conmigo en el parque de Georges Cain, en la Rue Payenne, y ya no me soltó fuera adonde fuere, porque lo más fácil en París es toparte con una boulangeriepâtisserie en un chaflán, anunciada con una fachada colorida, en tipografías clásicas, y rematada por un toldo con marquesina, por si no bastase el reclamo de la fragancia dulce de los pasteles que, desde el escaparate, te activan las glándulas salivales.

En Le Marais hay tres museos interesantes que ver: el Carnavalet, dedicado a la historia de la ciudad (entrada gratuita); el Cognac-Jay, cuya colección se centra especialmente en el siglo XVIII francés (entrada gratuita); y el Picasso, que contiene obras del pintor malagueño de todas las épocas y técnicas (el precio, según su web, es de 12,50€). Además, en Le Marais también se encuentra el Museo Kwok-On, especializado en el teatro oriental. Sólo en este barrio se concentra un buen pedazo del Arte y la Historia que descansa en París, aparte de los hoteles que son verdaderas joyas arquitectónicas.

En la esquina de la Rue Vielle du Temple con Trésor, en la terraza de Les Philosophes, cuyas sillas, como en todas las terrazas parisinas, apuntan hacia la calle, me tomé un café con una napolitana para desayunar. En París, hasta el café de máquina de autoservicio está rico. Y en la fría mañana de noviembre, aquella taza caliente me supo a gloria. Después, crucé la Rue de la Verrerie hacia Rivoli camino del Ayuntamiento…

(Segunda parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018