Esperanza

Vivo solo. Sólo con mi guitarra. En un piso que no es mío. Que pagó mi padre cuando yo era pequeño. No tengo trabajo. Debo de estar buscándolo mal. Ojalá fuese fácil, como llamarse al móvil desde el fijo para ver dónde lo dejamos. Como buscar las gafas y descubrir en el espejo que las llevábamos puestas. Antes daba igual, porque al final del día estabas tú.

En mis ratos libres compongo canciones. Las canto los domingos en el parque de mi barrio. Leo a Cernuda con la ilusión de que se me pegue una millonésima parte del talento que él tenía. Tacho tantas palabras. Líneas enteras. A veces, consigo estar satisfecho. Al cabo del tiempo, cambiaría todas las letras. Antes daba igual, porque tú las escuchabas todas y todas te gustaban.

Mi padre tiene otro hijo pequeño, de una madre que no se fue para no volver. Mis amigos trabajan en cosas serias, tienen familia y vidas estables. Los veo de vez en cuando. Entonces me abrazan con cariño y me hacen sentir importante. Pero no como tú, que me hacías sentir especial y único.

Las mañanas de invierno me besan en la cama con su húmedo aliento. Pero no como tú, que me besabas con la ilusión de un nuevo día juntos.

Solía pensar que sólo yo entendía mis versos. Haría falta demasiada empatía para conectar con un ser tan complejo, tan solitario y tan raro. Pero no es verdad, porque aunque tú no comprendieses las palabras, conocías bien todas las emociones que revolotean en mi interior. Me conocías mejor que nadie.

No miro a los ojos de la gente. Me da miedo que me puedan encontrar en los míos. Pero podía sumergirme en la profundidad de tu mirada, fija en todos mis movimientos.

En el metro, observo los zapatos de los demás, tan lejos de mis bambas rotas. En el autobús, miro las calles y sus escenas, tan cerca de mis sueños rotos. En casa, miro el hueco que has dejado, tan dentro de mi corazón roto. Me da pereza tener tanto que remendar.

Me refugio en los portales cuando pega el sol. Y corro con los brazos desplegados bajo la lluvia. Con nada me siento tan identificado como con la furia del mar en un día gris de viento racheado. No temo a la noche, porque me vuelvo pardo. Me temo a mí sin ti.

Cruzo un puente de vez en cuando. Sobre las vías del tren. Me pregunto quién me echaría de menos. Quién sentiría mi ausencia. Ya no me necesita nadie. Ya nadie depende de mí. Ya nadie me espera en casa.

Qué me retiene, pues.

Donde se pierden los raíles, más allá del horizonte, el día va desapareciendo. El amarillo se tiñe de naranja. El naranja de rojo. El rojo de rosa. El rosa de morado. El morado de añil. Los faros de un cercanías se acercan frente a mí. Arriba brilla Vega. Y la luna parece la sonrisa del gato de Cheshire. Le devuelvo el gesto.

Ya nadie me espera en casa.

Qué me retiene, pues.

Respiro hondo. Una lágrima se asoma para verte brillar entre todas las estrellas. Ahora que ya no estás, qué me retiene, pues.

Me trago la pena. Y me vuelvo a casa. Con mi guitarra.

A la memoria de R, que en «Dejar de llamarte» lleva el nombre de Tula.
Compañero leal, amor incondicional. Gracias. GRACIAS.

© Vicente Ruiz, 2018

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En dos

Objetivamente, no era guapo. Tenía la cara larguirucha, lechosa y cubierta de pecas. Sus ojos eran de esos que tienen la pupila muy dilatada y el iris, verde pardo, muy fino. Era como las espigas del trigo: rubio, alto y delgado. Objetivamente, no era guapo, pero, como decía mi madre, era salao. Porque quién quiere un guapo, si el guapo no es risueño, ni se empeña en hacerte reír. Quien te saca la sonrisa, ya es guapo, aunque no lo sea. Así que, subjetivamente, era lo más bonito del mundo entero.

Crecimos juntos, jugamos juntos, correcorrequetepillamos juntos, merendamos juntos. Y cuando estábamos juntos, no existía nada más en el universo, sólo ese espacio-tiempo que compartíamos juntos. Le gustaba contarme chistes, me defendía ante los demás, siempre se sentaba a mi lado, me provocaba para picarme y entrar en un bucle infinito de bromas mutuas. Y todo lo hacía sonriéndome hasta que se le achinaban los ojos.

Éramos sólo unos chiquillos, demasiado inocentes para ir más allá, demasiado especiales para conformarnos tan sólo con pertenecer a la misma pandilla. En nuestra burbuja sólo cabíamos nosotros dos.

Pero nos hicimos mayores y durante unos años nos perdimos la pista. Era la época del teléfono fijo y la carta. Internet era la gran desconocida y los escasos móviles que pululaban por aquel entonces, modelo ladrillo, sólo se veían en el mundillo empresarial. Era muy fácil perder el contacto: los cambios de centro de estudios, de residencia, de compromisos extraescolares… Cualquier cosa lo hacía posible.

Al cabo de los años, el destino nos unió de nuevo. Yo caminaba por la calle, como siempre, con la cabeza gacha y la mirada perdida en el suelo. De repente, vi dos pies que venían a encontrarse con los míos y sentí un dedo índice levantarme la barbilla hasta verme reflejada en el cristal de sus gafas. Era él, mi guapo hecho un hombretón, más alto que yo, con menos pelo en las entradas, la voz grave y pelos en las patillas y en el mentón. «La cabeza alta, que la gente pueda ver esos ojos», me dijo. Puse cara de tonta y le sonreí como una niña delante de un pastel de chocolate. Estuvimos contándonos la vida, brevemente, porque ambos teníamos prisa. Quedamos en vernos pronto. Rondábamos la veintena.

Los días siguientes lo tuve en mente a todas horas. Pensaba en él y me montaba películas de lo que pasaría cuando volviésemos a vernos. Todas, comedias románticas con final feliz, claro está. Jamás pensé que aquel tropiezo fuese la última vez que me sonreiría.

Una tarde de mayo, el autobús, por cuyo ventanal contemplaba pasar la ciudad ante mí, paró en un semáforo en rojo de la Gran Vía. Mi mirada se posó, sin querer, en una pareja de jóvenes sentada en un banco del parterre central. Él había pasado su brazo sobre los hombros de ella. Ella le acariciaba el cuello y la nuca. Ambos se besaban, a la caída del sol, sin importarles quién pudiese estar viéndolos. Antes de que el autobús volviese a arrancar, se separaron y se sonrieron, embelesados el uno con el otro. Y entonces él se giró. Reconocí los ojos achinados tras las gafas, la curva de la comisura de sus labios finos, el rostro alargado, la barba creciente y la frente despejada.

Él no me vio a mí. Por suerte. Una nunca quiere que le vean partirse en dos.

© Vicente Ruiz, 2018